El tiburón blanco ya tiene su primer plano en el Mediterráneo: ¿otra amenaza para el turismo?
Un equipo de buzos en el estrecho de Sicilia logró la primera filmación submarina de un gran tiburón blanco adulto en libertad en el Mare Nostrum. La noticia, publicada por 20minutos, ha reabierto el debate sobre la presencia histórica de esta especie en la zona y, sobre todo, sobre cómo encaja en la narrativa oficial que vende el Mediterráneo como destino seguro para el baño masivo.
La grabación se produjo durante una misión de retirada de redes de pesca abandonadas, lo que ya da una pista de otro problema —la cochambre mar1—, pero el foco se ha desplazado rápidamente al potencial impacto en el turismo, sector que ya arrastra tres quebraderos de cabeza: inseguridad percibida, olas de calor cada vez más intensas y precios disparados —«precios noruegos para fritangas españolas», ironizaba un analista—. Añadir escualos al organización criminal de riesgos no es un buen negocio para las costas.
Una presencia «extremadamente infrecuente» que gana titulares
De las 80 especies de tiburones y rayas que habitan el Mediterráneo, el gran blanco (Carcharodon carcharias) siempre ha sido un bicho esquivo. Los científicos lo califican de «presencia persistente pero extremadamente infrecuente». Sin embargo, cada vez hay más avistamientos, algo que unos atribuyen al cambio climático —aguas más cálidas— y otros a que los pescadores de siempre ya sabían que estaban ahí. «De toda la vida los ha habido», resumen los escépticos, que ven en la cobertura mediática más ruido que señales reales de aumento poblacional.
Lo cierto es que la filmación, primera en su tipo, tiene un valor documental incuestionable, pero su repercusión económica es lo que preocupa a los sectores dependientes del sol y playa. En un contexto donde el turismo de masas ya busca alternativas al calor extremo del sur, sumar un depredador emblemático al imaginario colectivo puede inclinar la balanza hacia destinos más fríos y menos «emocionantes».
El desgaste del relato veraniego
No es solo el tiburón. Quienes llevan años analizando el modelo turístico mediterráneo señalan que el verdadero problema es la acumulación de factores adversos: inseguridad urbana en zonas saturadas, temperaturas que espantan a las familias con niños pequeños y una restauración que ha encarecido el chiringuito hasta parecer un restaurante nórdico. El tiburón blanco funciona más como chiste fácil —«ahora también tiburones», remataba un comentarista— que como amenaza real, pero en el márketing turístico las percepciones cuentan más que los datos.
Los foros de economía han acogido la noticia con sorna: «Les ha faltado escribir que vienen a pagarnos las pensiones» o «controlarán el tráfico de pateras». La ironía no oculta un fondo serio: el Mediterráneo español compite cada verano con destinos más baratos y seguros, y cualquier elemento que añada incertidumbre —por remoto que sea— juega en contra.
¿Un falso debate climático?
La discusión sobre si el cambio climático está detrás del avistamiento ha polarizado las reacciones. Mientras unos lo ven como una consecuencia más del calentamiento —aguas más cálidas atraen a especies que antes se quedaban más al sur—, otros recuerdan que el tiburón blanco ya aparecía en las capturas de los pescadores de altura desde hace décadas. «Estos bichos se han avistado de siempre», zanjan, y denuncian que se utiliza cualquier excusa para meter propaganda climática.
El debate, a fin de cuentas, refleja el cansancio de una parte del público ante lo que percibe como una sobrerrepresentación mediática del cambio climático. Pero la economía del turismo no espera: si la imagen del Mediterráneo empieza a asociarse a tiburones, calor extremo y precios desorbitados, el modelo de sol y playa barato tiene los días contados.
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