Toro desangrado en las calles: la tauromaquia vuelve a estallar en la arena política
El vídeo circula sin sonido y no hace falta. Un toro, con un cuerno arrancado, recorre una calle empedrada mientras un grupo de personas intenta atarle cuerdas. El animal se desangra. No es una corrida matinal en Las Ventas: es un festejo popular, de esos que se anuncian como tradición y se defienden desde el ayuntamiento. La difusión del material provocó la reacción inmediata de los grupos animalistas, pero también una trinchera política que reproduce los viejos ejes: unos señalan a un partido concreto; otros recuerdan que la tauromaquia nunca fue patrimonio de una sola sigla.
La culpa, ¿de un partido o del sistema?
Las primeras reacciones fueron contra Vox: su electorado, se decía, es el que llena estas peñas y aplaude el sufrimiento. La respuesta no se hizo esperar. En el otro lado se exhibía una lista de formaciones que han blindado los toros: el PSOE los defiende como elemento cultural y artístico de valor patrimonial; CiU y ERC votaron para excluir los 'correbous' de cualquier veto; Podemos tiene hasta un círculo taurino. La conclusión incómoda: el apoyo a las corridas atraviesa el espectro ideológico de arriba abajo.
El argumento de la hipocresía y sus límites
Cuando faltan datos, la conversación se dispara hacia otros frentes. Uno de los mensajes que más réplicas cosechó fue el que contraponía al toro los 100.000 abortos anuales. Otro invocaba el crimen de Alcácer para atribuir a los aficionados una deriva criminal. Son atajos, no análisis. También hubo quien trajo a colación '¿Acaso no matan a los caballos?' para comparar el maltrato animal con la explotación de los precarios. La metáfora era potente, aunque en el fragor se quedó a medias.
El animal, el ayuntamiento y el dinero público
La pregunta que subyace es cuánto cuesta mantener estas fiestas y quién paga los daños cuando un animal se abre en canal ante los niños. En el material compartido no hay presupuestos, pero hay una evidencia: la tradición impone sus costes y los ayuntamientos, a menudo, miran hacia otro lado. La vía jurídica, por ahora, apunta al Código Penal: si el vídeo es reciente, cabría un delito de maltrato animal. Si es antiguo, habrá servido al menos para airear una incomodidad que España prefiere no mirar.
Quizá lo más incómodo de este episodio no sea el partido al que votan quienes ríen mientras el toro se desangra. Es comprobar que, a izquierda y derecha, los mismos que legislan contra el maltrato en el resto de animales son los que mantienen viva la excepción. El toro llevaba un cuerno menos; la discusión, ninguno.