Fiestas de Algorta: el cartel que reabrió la fractura lingüística vasca
Una caja de cartón con una inscripción ofensiva hacia los castellanohablantes, colocada en una txosna de las fiestas de Algorta, ha reabierto la vieja disputa sobre la normalización del euskera. La imagen, difundida por redes sociales, muestra una «ventanilla» con un término despectivo que no merece reproducción. Para unos, es una broma de mal gusto; para otros, una agresión que refleja hasta dónde llega el nacionalismo.
El fondo del asunto no es el cartón, sino la lengua. En las txosnas, los puestos gestionados por entidades vascas, se ha consolidado la costumbre de atender solo en euskera. Quien pide en castellano se expone a caras de póker o a una respuesta en vascuence. La estadística citada en la conversación es reveladora: solo el 18% de los pacientes del sistema sanitario vasco elige ser atendido en euskera. La política de inmersión lingüística no está reñida con la realidad, pero el choque es evidente.
Hay quien sostiene que el cartel era una sátira contra la presión que sufren los vascoparlantes en un país donde el castellano domina casi todo. Otros responden que la broma se permite en el único territorio donde el castellano no se siente en casa. La discusión derrapa hacia el pasado: la memoria de los años de plomo, la intimidación en conciertos, la ausencia de reacción del público. Un testimonio compartido describe cómo un grupo punk con simpatías terroristas arrancó los mismos aplausos que el silencio.
En ese contexto aparecen Lendakaris Muertos, la banda que se ríe de todo, incluida ETA. Canciones como 'Gore ETA' (2017) o 'ETA, deja alguna discoteca' (2006) se citan como ejemplo de cómo el humor puede desactivar el terror. Pero también hay quien ve en esa misma sátira la prueba de que la broma no es inocente: normalizar la palabra ofensiva en un cartel es el primer paso para normalizar la exclusión.
La polémica se apaga, pero la fractura queda. La teoría de la 'ventanilla para maketos' no es un accidente: es el espejo en el que el País Vasco se mira sin acabar de reconocerse.