¿Basta un vídeo con una mesa cubierta de dibujos infantiles y flores para reabrir el debate sobre quién llega a España y cómo se le recibe? Eso es lo que ha ocurrido con la difusión de una grabación en la que aparecen varias voluntarias de una organización preparando la bienvenida a un grupo de personas migrantes. La escena —bandejas, sonrisas y esa mesa decorada— ha circulado como supuesta prueba del
efecto llamada, ese concepto que reaparece cada cierto tiempo en la conversación pública sin que nadie acabe de cuantificarlo.
¿Qué muestra el vídeo que se ha viralizado?
El material se difunde a través de una publicación que identifica a las protagonistas como voluntarias de
ACCEM, un extremo que da por bueno otra intervención al asegurar que la sigla responde a «Asociación Comisión Católica Española de Migración». Lo que más comentario ha generado no es la acogida en sí, sino el atrezo: una mesa con dibujos infantiles y flores para recibir a hombres adultos. Ahí arranca la burla, y ahí se cruza la crítica a la organización con la política migratoria. En paralelo circula una segunda pieza en la que se describe a un recién llegado alojado en un hotel y atendido por chicas que le sirven la comida al grito de «viva Marruecos». El relato, difundido como denuncia del trato dispensado, se ha convertido en el argumento más repetido de toda la discusión.
¿Alimenta un vídeo así el efecto llamada?
Aquí el consenso se rompe. Hay quien sostiene que estas imágenes funcionan como reclamo: si el mensaje que llega al país de origen es que a la llegada hay hotel, comida y trato amable, el incentivo para emprender el viaje crece. Y hay quien responde que quien decide migrar no lo hace por un vídeo colgado en una red social, sino por la situación que deja atrás. Nadie aporta cifras: no aparece en todo el intercambio un dato sobre cuántas personas llegan ni cuántas se quedan. La discusión se mueve, por tanto, en el terreno de la impresión.
Lo llamativo es que buena parte del reproche no discute el fenómeno, sino la
estética de la acogida. Recibir con comodidades a quien acaba de cruzar una frontera irregular envía, se argumenta, una señal equivocada; la réplica es que la asistencia humanitaria no tiene por qué ser humillante. Las dos posiciones se sostienen sobre intuiciones, y ninguna gana el pulso.
¿Quién trabaja realmente en las ONG de acogida?
El perfil de las voluntarias concentra otra parte del reproche. Frente a la imagen de mujeres jóvenes dando la bienvenida, se sostiene que en la mayoría de organizaciones del tercer sector la proporción de mujeres voluntarias es abrumadora, sea cual sea el colectivo atendido. No habría un reclutamiento específico para recibir a migrantes, sino la composición habitual del voluntariado. Otra lectura más incómoda apunta a que las tareas físicas y logísticas —conducir, montar, cargar— recaen casi siempre en hombres, dejando a las mujeres la parte visible y fotogénica del trabajo.
De ahí el debate derivó a un terreno laboral: por qué ciertos oficios siguen siendo casi monopólicamente masculinos, qué papel juegan las pruebas físicas de acceso y hasta qué punto la legislación desincentiva determinadas contrataciones. Es la única parte del intercambio con algo parecido a experiencia de primera mano: quien ha cargado peso, quien ha compartido turno con una compañera que rendía como el que más.
El negocio de la acogida: sueldos, subcontratas y financiación
Debajo de la polémica estética late la pregunta económica. Se afirma que muchos trabajadores de estas entidades tienen horario de oficina —de 8 a 14, según la descripción que se hace de una sede— y que no cobran mal, lo que convierte a las organizaciones en un destino laboral codiciado, muy lejos del voluntariado desinteresado que sugiere la palabra. La distinción importa: una cosa es el voluntario que dona su tiempo y otra el asalariado del tercer sector, a menudo financiado con fondos públicos. Y se recuerda que las mismas entidades que moralizan sobre la acogida subcontratan fuerza comercial de jóvenes precarios para otras campañas.
De ahí salta el asunto de los impuestos. La financiación de los programas de acogida sale de presupuesto público, y por eso el reproche no se dirige tanto a la ONG como al Estado que la contrata. También se apunta al origen de algunas de estas estructuras: una intervención recuerda que cierta asociación fue fundada por la misma persona que puso en marcha el Secretariado Gitano, detalle que se lanza como guiño de continuidad más que como acusación.
Migrantes, inmigrantes y emigrantes: el idioma como campo de batalla
Hasta el vocabulario entra en liza. Se reprocha el uso de «migrantes» como eufemismo frente a «inmigrantes» o «emigrantes». Es un debate pequeño pero sintomático: cuando la discusión se traslada al lenguaje, suele ser porque los datos escasean. En medio del ruido hay también quien pone el foco en la publicidad y en quien graba y difunde, y no en las voluntarias de a pie, consideradas simples ejecutoras de lo que manda la organización. Es la grieta menos ruidosa.
Después de varios días de intercambio queda un vídeo, una mesa con flores y una discusión que no se cierra. Nadie ha puesto encima de la mesa cuántas personas llegaron ni cuánto costó recibirlas. Se discute con vehemencia si la fiesta existió. La factura, en cambio, sigue sin invitar a nadie.