Ferraz, la bandera y la tesis de la provocación
Una concentración contra el Gobierno se jugó su relato en una caseta de la calle Ferraz. Bastó que una joven con una bandera se subiera a ella y que el vídeo corriera por redes para que la protesta dejara de importar y empezara a importar ella. El material difundido la identifica como la activista
nacionalsocialista Isabel Peralta; hay mensajes que apuntan a que su nombre completo es Isabel Medina Peralta y se preguntan por qué se difunde el segundo apellido y casi nunca el primero.
Sobre esa escena se ha montado una tesis que circula sin una sola prueba: que la aparición no fue casual, que estaba pactada y que su función era regalar al Gobierno la coartada para llamar ultras a todos los manifestantes. La acusación es seria. La respuesta, de momento, es un vídeo y muchas suposiciones.
¿Qué pasó en la manifestación de Ferraz?
Las concentraciones frente a la sede federal del PSOE no tenían control de acceso. Ese dato explica casi todo: a una convocatoria abierta por redes puede llegar cualquiera, con su pancarta o con su bandera. Entre los asistentes había creadores de contenido grabando en directo y perfiles abstencionistas, lo que refuerza la sensación de protesta dispersa y poco organizada.
El vídeo que originó la polémica es corto y se difundió con una descripción explícita: la de la joven subida a la caseta. Ahí empieza todo. Una concentración
abierta no filtra a nadie, y ese detalle, obvio para cualquiera que haya estado en una, es justo el que alimenta la sospecha de quienes no creen en casualidades.
La tesis del montaje: quién gana con la aparición
La hipótesis más repetida sostiene que la presencia estaba prevista y que responde a una operación de provocación. Hay quien va más lejos y apunta a los servicios de inteligencia como autores del montaje. No hay una sola prueba aportada, ni un documento, ni una filtración: solo la coincidencia de que la imagen llegó justo cuando más daño hacía.
En contra pesa un argumento simple: una activista no necesita permiso de nadie para plantarse en una calle. Quien la defiende desde ese ángulo sostiene que el problema no es su asistencia, sino que su presencia
avalaba una protesta que decía representar a gente normal. Es la paradoja del acto abierto: cualquiera puede ir, y cualquiera puede arruinarlo.
La bandera que no cuadra: cruz de Borgoña y nacionalsocialismo
Hay una incoherencia que se repite en los análisis más afinados. La bandera que portaba la joven remite al imperio español —la cruz de Borgoña, roja sobre fondo blanco, la de Pavía— mientras su discurso se reclama del nacionalsocialismo alemán. Y el régimen que inspira a esos grupos no administró ninguna colonia ni ningún imperio.
De ahí sale la acusación más incómoda para ese entorno: usar el símbolo imperial no como reivindicación, sino como escaparate. Con Dios y con el diablo, dice el reproche, no se puede estar. La crítica no viene de fuera, viene de quien comparte bandera y rechaza el resto del paquete.
¿Por qué la etiqueta de ultra desactiva una protesta?
Porque desplaza el asunto.
El País recogía que la presidenta madrileña, Isabel Díaz Ayuso, reclamó detener y juzgar a los ultras que se enfrentaron con la Policía en Ferraz, mientras la dirección nacional del PP cargaba la culpa contra el presidente del Gobierno. Dos marcos distintos para el mismo fin de semana.
En paralelo circula otra afirmación, esta sin verificar: que los disturbios arrancaron justo cuando una televisión conectaba en directo. Quien lo sostiene lo cuenta como prueba de coreografía. Quien no lo cree lo atribuye al ruido habitual de cualquier concentración nocturna. Nadie ha enseñado la grabación completa que zanje la duda.
De la caseta a Oriente Medio: la deriva de la conversación
Lo llamativo es hacia dónde se fue el foco. En pocas horas se pasó de la caseta de Ferraz a discutir sobre Israel, Putin, Trump y una supuesta ingeniería demográfica en Europa. Apareció incluso el jefe de la Fuerza Aérea alemana donando sangre a soldados israelíes, convertido en prueba de no se sabe muy bien qué.
El patrón se repite en todos los bandos: cuando falta el dato, se recurre a la etiqueta.
Disidencia controlada es la más usada, y se lanza tanto contra quien defiende a la activista como contra quien la critica. Una etiqueta que sirve para todo suele servir para nada.
Queda saber quién gana con esto. La protesta perdió el foco, el relato oficial ganó una etiqueta y la activista ganó exactamente lo que suele buscar una activista: cámara. ¿Torpeza, oportunismo o coreografía? Nadie ha enseñado todavía el guion.