Berlín enciende el debate: «la corrupción que tenemos emana del franquismo»
El periodista Fernando Berlín soltó la liebre en la SER con una frase que no ha dejado indiferente a nadie: «La corrupción que tenemos emana del franquismo que lo empapa todo». La declaración, en plena actualidad política, reabre la vieja polémica sobre el origen de la podredumbre institucional en España. ¿Un diagnóstico certero o una coartada para el presente?
La discusión que ha generado revela dos corrientes de análisis. Por un lado, quienes sostienen que la dictadura no solo fue un régimen corrupto en sí mismo —con el estraperlo, el amiguismo y el control de la economía como seña de identidad— sino que, al no depurarse sus estructuras durante la Transición, sus redes de poder siguieron operando bajo nuevos disfraces. «No hubo transición judicial, no se depuraron cargos y continuaron intactas las mismas estructuras de poder con su reparto: falangistas al PSOE y opusinos al PP», resumen los más críticos. La continuidad de élites, la pervivencia de apellidos en los consejos de administración y la endogamia institucional serían la prueba.
La tesis del «francomodín» y el contraataque
Frente a esa visión, un sector considera que echarle la culpa a Franco 50 años después es una excusa barata, una suerte de «francomodín» que sirve para eximir de responsabilidades a los Gobiernos democráticos. «La corrupción del PSOE es culpa de Franco, venga, y tan fresco», ironizan. Señalan que antes del franquismo ya había corrupción —el escándalo del Estraperlo durante la II República o los negocios de la monarquía de Alfonso XIII—, y que después de 40 años de democracia ya no cabe atribuir los abusos actuales al dictador. «Los corruptos de hoy eran niños o simplemente no existían cuando murió Franco», rematan.
No faltan quienes van más allá y reivindican la limpieza del régimen franquista, contraponiéndolo a la supuesta degeneración posterior. «El único Gobierno recto, limpio y desarrollista en 3.000 años de historia nacional», llega a leerse, en una postura que choca frontalmente con el relato mayoritario. El debate, en cualquier caso, mezcla datos objetivos con percepciones políticas muy enfrentadas.
El dato que descoloca: la Transición como fuente de perpetuación
Uno de los argumentos que más peso tiene entre los analistas es el de la continuidad institucional. La Transición, lejos de romper con el pasado, mantuvo a los mismos jueces, policías, periodistas y empresarios. «Los mismos jueces, la misma policía, los mismos periodistas y el mismo sistema de amiguitos del comercio. Todo cambió para seguir igual», resumen. La falta de una depuración real de los cargos franquistas y la impunidad de los delitos económicos de la dictadura habrían sentado las bases de una cultura de corrupción que llega hasta nuestros días.
Ejemplos concretos no faltan: desde las comisiones en grandes obras públicas hasta los casos recientes de financiación ilegal de partidos. La sombra del franquismo, según esta tesis, no es un fantasma sino un esqueleto en el armario que ningún Gobierno se ha atrevido a exhumar del todo.
El cierre del debate deja una paradoja: mientras unos ven en la herencia franquista la explicación de todos los males, otros la consideran una coartada para no mirar al presente. Un dato sí es indiscutible: el franquismo corrompió a fondo la administración española, pero 50 años después, la pelota sigue en el tejado de la democracia. Y ahí nadie parece querer devolverla.