Fagor ya no fabrica: solo alquila su nombre a una empresa polaca
Una manilla de nevera rota. Plástico, sin tornillos, y una factura de
13,65 euros. El segundo tirador que se le parte en la misma puerta. La escena, repetida en miles de cocinas españolas, es la punta del iceberg de algo más gordo: la marca que un día fue símbolo industrial vasco hoy no fabrica absolutamente nada. Solo presta su logo.
El cabreo por el precio del recambio —
16 euros por el tirador de una Balay,
30 euros por el de una LG,
70 por la goma de un congelador Fagor— es la excusa. El asunto de fondo es otro: qué queda de Fagor, quién cobra por ese plástico y por qué el repuesto de una pieza que cuesta céntimos producir vale como una cena.
Qué queda de Fagor: una marca sin fábricas
Fagor quebró y su nombre acabó en los juzgados. El Grupo Mondragón reclamó la propiedad de la marca y la justicia le dio la razón: conserva el nombre, pero no las fábricas, ni la tecnología, ni los trabajadores. El resto lo compró Cata, que se hizo cargo también de Edesa. Después llegó el acuerdo con la polaca Amica, interesada en entrar en España con un nombre reconocido. Resultado:
electrodomésticos fabricados en Polonia que salen al mercado con el frontal Fagor a cambio de un porcentaje para Mondragón.
Quien sostiene que Fagor «sigue existiendo» porque ve tiendas con el cartel y servicio técnico activo no miente del todo: hay mantenimiento y recambios. Pero el producto nuevo es otra cosa. La marca es un activo financiero. El electrodoméstico, un aparato polaco con componentes chinos, como casi todo.
El precio del recambio: por qué un plástico cuesta 13,65 euros
El repuesto no lo fabrica la marca. Pasa por almacenes, intermediarios y distribuidores, y cada uno mete su margen. Se pide por unidades, se transporta en volúmenes ridículos y se guarda durante años en un almacén ajeno. Ese picking individual y ese envío de bajo volumen explican buena parte del sobreprecio. La pieza en sí vale céntimos.
Hay quien va más lejos y habla de
precios pactados entre fabricantes para exprimir al que ya tiene el aparato en casa. No hay prueba de ello en el material, pero el patrón se repite: Balay, LG, Teka, Fagor. Todas cobran cifras parecidas por piezas igual de simples. Y el cliente, con la nevera abierta y la puerta sin tirador, paga lo que le pidan.
La fiabilidad: de la nevera de 1980 al electrodoméstico de usar y tirar
La nostalgia industrial tiene fundamento. Una nevera Fagor de
1980 sigue funcionando como el primer día; el tirador se partió y se sustituyó por uno de madera. Otra comprada en
2001 falló antes de los nueve años. Una vitrocerámica Fagor de hace tres décadas sigue encendida. La placa electrónica de una nevera quedó descatalogada a los cuatro años.
El patrón se repite en otras marcas. Un lavavajillas Balay duró tres años; la lavadora, cuatro. Una nevera LG de cuatro años tiene la botonera muerta, los led apagados, los cajones atascados y la temperatura oscilando sola. La duración depende del modelo y de cuándo salió al mercado: cuanto más nuevo el diseño, más probable que sus componentes fallen antes.
La alternativa: imprimir la pieza en casa
Frente al sablazo oficial, la respuesta casera gana terreno.
Fusion 360, una impresora 3D y un rollo de ABS: la pieza rota se modela y se imprime por céntimos. Otros optan por atornillar un pomo de puerta convencional. La reparación deja de ser un negocio de la marca y vuelve a manos del propietario.
El problema es que la mayoría no tiene impresora ni ganas de aprender a usarla. Y el fabricante lo sabe. Por eso el recambio sigue siendo el negocio más rentable del sector: el aparato se vende una vez, la pieza se vende cada vez que se rompe.
Qué marcas aguantan el escrutinio
En el reparto de culpas no hay consenso. Electrolux y Miele aparecen como las referencias de fiabilidad. Teka se describe como gama media alemana —aunque con sede en Suiza— que cumple sin brillar, especializada en fregaderos y campanas. Bosch, que un día fue el enemigo a batir por caro, también tiene su lista de damnificados. Edesa, otro nombre histórico, arrastra la misma fama que Fagor: marca reciclada, precio de gama alta, origen incierto.
La conclusión que se impone es incómoda:
ninguna marca garantiza nada. Si el aparato sale rana, da igual el logo. La fidelidad a una enseña es una lotería con memoria selectiva.
Al final, el tirador de 13,65 euros es la metáfora perfecta del sector. La marca que lo vendía ya no existe como fábrica, el plástico se produce a miles de kilómetros y el cliente paga la pieza como si fuera artesanía. La nevera dura quince años. El negocio está en que se rompa algo cada dos.