¿Por qué las Pringles de marca blanca no se fabrican en España?
La respuesta corta: no es un secreto industrial ni una patente imposible de sortear. Es una cuestión de dónde se montaron las fábricas hace tres décadas y de cuánto cuesta hoy replicar esa estructura desde cero.
Quienes han mirado los números de cerca lo resumen así: la patata tipo Pringles no se corta, se moldea. Es una masa de patata deshidratada, harinas y emulsionantes que se lamina, se troquela en óvalos y se fríe en un proceso continuo. Nada que ver con la patata frita clásica. Eso encarece la línea de producción y la hace menos flexible.
La clave: fábricas ya amortizadas
Las plantas que fabrican la original y sus imitaciones en Europa están en Bélgica y Polonia, cerca de puertos como Amberes o Róterdam, desde los años 80 y 90. La maquinaria ya está pagada. Una línea nueva en España exigiría entre 80 y 100 millones de euros, y tardaría unos 15 años en igualar costes. Por eso la marca blanca, en el 90% de los casos, sale de las mismas fábricas que producen la original: es el excedente de capacidad vendido con otra etiqueta.
El transporte no es el cuello de botella
Traer un camión desde Bélgica cuesta entre 1.500 y 2.000 euros, y reparte unas 24 palés de 500 latas cada uno: unos 15-20 céntimos por lata. Un coste asumible. El verdadero muro es la amortización de una inversión mastodóntica contra factorías que llevan décadas funcionando a plena capacidad.
El resultado es paradójico: España, con cientos de fabricantes de patatas fritas convencionales, no tiene una sola línea de este tipo operando para marca blanca. El know-how se puede copiar; el capital, no.