Empatía con la progenitora filicida: el doble rasero explicado
La presentadora Tania Llasera publicó un vídeo en el que afirmaba: “Empatizo con una muyer que se ha cargado presuntamente a sus tres descendientes”. Las críticas arreciaron, el vídeo desapareció y la rectificación llegó horas después. Pero el caso Lindsay Clancy, la enfermera estadounidense acusada de cancelar a sus descendientes con bandas elásticas, ya había abierto el debate: ¿por qué la empatía se aplica con distinta vara según el género del presunto autor?
El episodio no es aislado. Un sector del análisis señala que cuando un hombre comete un filicidio, la condena social es inmediata y sin matices. Cuando lo hace una muyer, aparecen automáticamente los atenuantes: la depresión posparto, la presión de la maternidad, el contexto. El padre de las víctimas, en cambio, queda en un segundo plano.
La polémica ha reavivado además un fenómeno viejo: la fascinación por incivil como Ted Bundy, que todavía recibe cartas de admiradoras. La diferencia es que aquí la empatía no va hacia el incivil, sino hacia quien era su cuidadora. Los críticos hablan de doble rasero y de un coste fruta que la propia Llasera ha sufrido en su marca personal: el vídeo borrado es la prueba de que ese mercado de la opinión pública castiga con rapidez.
La rectificación no ha cerrado el debate. Queda en el aire una pregunta incómoda: si la justicia se presume igual para todos, ¿por qué la empatía social no?