Ajustar el alma de una guitarra: cuándo merece la pena y cuándo no
Una guitarra acústica Yamaha de unos 400 euros, veinte años guardada en casa de los padres, llega por correo y a los pocos días aparece un cerdeo que solo se oye en una nota concreta: el do sostenido de la segunda cuerda. El propietario lo describe con precisión: «un ángel celestial, pero con un grano en la nariz». El diagnóstico que recorre toda la conversación apunta a un problema de curvatura del mástil y a la tentación de meter mano al alma con una llave Allen. La advertencia que se repite: si no es eso, la desconfiguras en vano.
Qué es el alma de una guitarra y por qué se ajusta
El alma es una varilla metálica que recorre el mástil por dentro y contrarresta la tensión de las cuerdas. Se ajusta desde el clavijero, bajo una tapita, con una llave Allen. Girar el tornillo hacia un lado u otro curva el mástil para corregir el trasteo. La recomendación que se repite en el análisis:
un cuarto de vuelta cada vez y dejar reposar el instrumento un día antes de valorar el efecto. El problema es que un ajuste a ciegas puede arreglar el cerdeo y crear dos o tres problemas nuevos.
El cerdeo no siempre es culpa del alma
Una de las aportaciones más útiles del análisis distingue entre el trasteo clásico y el pitido armónico. El cerdeo puro es la cuerda rozando el traste y produciendo un sonido a cascajo. El pitido que describe el propietario es otra cosa: la cuerda se mete en la hendidura de un traste y genera un armónico parásito. La causa más probable, según el diagnóstico que se impone, es un traste demasiado alto o una curvatura irregular del mástil. El método para comprobarlo es tan casero como eficaz:
pasar un trocito de papel de grosor variable entre la cuerda y cada traste con la nota pisada. Si la distancia varía progresivamente, el problema es la curvatura. Si hay un traste concreto que sobresale, el problema es ese traste.
La cejuela y el hueso del puente: los otros sospechosos
No todo se arregla girando el alma. La cejuela, esa pieza del clavijero donde se apoyan las cuerdas antes de llegar a los trastes, también puede ser la culpable. Si está demasiado baja, las cuerdas trastean al aire en los primeros trastes. Si está demasiado alta, desafina las notas en esa zona. El hueso del puente, en el otro extremo, tiene una forma complicada con ranuras para compensar los distintos grosores de cuerda. Sustituirlo requiere lijas, limas y un buen rato de paciencia.
Nada que no se pueda hacer en casa, pero mejor comprar uno nuevo que intentar reparar el viejo.
Cuerdas nuevas antes de tocar nada
Antes de meter la llave Allen, hay un paso previo que se salta casi todo el mundo: cambiar las cuerdas. Una guitarra que lleva veinte años parada y acaba de llegar por correo necesita unos días de aclimatación. Las cuerdas viejas tienen una tensión distinta a las nuevas, y esa tensión afecta directamente a la curvatura del mástil. Ajustar el alma con cuerdas gastadas es ajustarla para un estado que va a cambiar en cuanto las cambies. El orden correcto: cuerdas nuevas, varios días de reposo, y solo entonces valorar si el cerdeo persiste.
El luthier: la opción que casi nadie quiere oír
La conversación deriva hacia el eterno dilema entre el bricolaje y el profesional.
El alma es fácil si sabes cómo hacerlo, pero el conocimiento se adquiere a base de romper guitarras. Un luthier cobra por un ajuste completo, pero también detecta problemas que el ojo inexperto no ve: trastes desgastados, mástil torcido, cejuela mal tallada. La guitarra acabó en el taller, que es donde debió haber ido desde el principio. La lección: hay una diferencia entre un músico y un luthier, y confundirlos sale caro.
El sonido que nadie oye pero todos sufren
El propietario insiste en que el defecto es leve, que muchos ni lo notarían, pero que a él le molesta. Toca mucho en arpegio, y ahí el pitido armónico se cuela en cada acorde.
Con rasgueo y púa fina también se oye. Es el tipo de problema que no arruina una guitarra pero sí la experiencia de tocarla. La solución, al final, no fue ni la llave Allen ni las cuerdas más gordas: fue un profesional. La guitarra de veinte años, que aguantó mudanzas y envíos por correo, sigue sonando. Solo necesitaba que alguien que supiera mirarla le echara un ojo.