El diésel marca 108$ de crack spread y nadie repara las refinerías
El barril de crudo vuelve a rondar los 100 dólares y ahí está puesta toda la atención. El problema real está en otro sitio. El gasoil bajo en azufre cotiza con un diferencial de refinado —el crack spread, la distancia entre lo que cuesta un barril de crudo y lo que vale el diésel que se extrae de él— que el 1 de septiembre alcanzó los 108 dólares. El rango histórico de esa métrica se ha movido siempre entre 15 y 25 dólares. La pregunta ya no es cuánto cuesta el petróleo: es cuánto cuesta convertirlo en gasóleo, y quién tiene capacidad para hacerlo.
Un dato resume la magnitud del desajuste: el gasoil bajo en azufre acumula una subida del 126% en lo que va de año. Quien mire solo la cotización del crudo no verá nada parecido. Ahí está la trampa de todo el razonamiento.
La capacidad de refino que ya no existe
El mapa del refino para exportación es incómodo de mirar. Solo tres zonas producen gasóleo para venderlo fuera de sus fronteras: Rusia, Oriente Medio y Estados Unidos. Dos de ellas están en guerra. La tercera, la estadounidense, entra en ciclo electoral con el precio del combustible dentro del país convertido en arma política.
A eso se suman los accidentes industriales, que no son rumores: el 23 de marzo, una explosión en la refinería de Valero en Port Arthur afectó a la unidad de hidrotratamiento de diésel, de 47.000 barriles diarios, y obligó a parar la planta entera, 435.000 barriles diarios. Se oyó a dieciocho kilómetros. No hubo heridos, pero la unidad dañada era justo la que fabrica el gasóleo de bajo azufre. El 20 de octubre, el incendio de la refinería del Danubio de MOL en Százhalombatta dañó la mayor de sus tres torres de destilación: cerca del 40% de su capacidad de proceso, unos tres millones de toneladas al año. Y antes hubo una explosión en la refinería de Ploiesti, en Rumanía.
Reparar una unidad dañada es rápido sobre el papel. Con sanciones de por medio, el equipo es importado, los plazos se estiran y nadie manda a sus técnicos a una zona en conflicto abierto.
El barril da lo que da, y no se puede exprimir
Existe la tentación de pensar que las refinerías simplemente extraerán más diésel de cada barril. El rendimiento es casi una constante física: entre un 25% y un 30% en crudos ligeros, en torno al 20% en los pesados y apenas un 10% a 15% en el petróleo extraído por fracking.
Y el tipo de crudo importa más de lo que parece. Los pozos de fracking estadounidenses rinden sobre todo gasolinas; los del Golfo Pérsico, y también el crudo venezolano, son ricos en las cadenas largas de hidrocarburos que producen gasóleo y queroseno. Esa asimetría explica por qué mezclar crudo ligero con pesado no es un capricho técnico, sino la única forma de mantener el suministro de diésel.
El coche eléctrico no mueve camiones, barcos ni tractores
Aquí está el punto que desmonta la salida fácil. El diésel sostiene la flota mercante, la maquinaria pesada, la minería, la agricultura y buena parte de la calefacción central. Nada de eso se electrifica mañana. El transporte no electrificable se encarece entero, y con él la cadena de la que depende cada producto del supermercado.
Hay quien añade un segundo frente: los fertilizantes se refinan en buena parte en Oriente Medio, de modo que el encarecimiento del gasóleo y sus derivados llegaría también a la producción de alimentos. Los escenarios que se manejan van desde una inflación persistente hasta una parálisis logística en toda regla.
La variable Trump y la exportación de combustible
La última pieza es política. La administración estadounidense ha llamado a capítulo a los responsables de sus refinerías y, según las informaciones que circulan, hasta las elecciones de noviembre cabe esperar cualquier movimiento para torcer el precio interno, incluidas trabas a la exportación de combustible. El efecto para los importadores sería inmediato. También se ha adelantado la adición de biocombustibles hasta el 15%, un porcentaje que solo estaba permitido a partir del 15 de septiembre de cada año.
Australia, país minero sin producción propia de diésel, es el ejemplo de lo que le espera a cualquier economía sin refino.
El escenario más duro sostiene que esto no es reversible: que las reservas se están colapsando por falta de extracción, que las reparaciones solo aliviarían la tensión y que la demanda brutal no cede. La versión más templada concede que con capital y tiempo hay arreglo, pero nadie concreta cuánto tiempo. Con estos números encima de la mesa, ¿alguien firmaría hoy la compra de un diésel nuevo?