El estreno del hermano de Sánchez: un piano que chirría
Un piano de cola, una partitura y un resultado que buena parte de quienes lo escucharon describen como un aporreo sin melodía. La composición atribuida al hermano del presidente del Gobierno, difundida bajo el título de «La danza de las chirimoyas», ha generado una oleada de reacciones que mezclan el análisis musical con la sospecha sobre el origen del puesto que ocupa su autor. El vídeo circula desde hace tiempo y sigue alimentando comentarios: hay quien detecta técnica en las manos del intérprete y quien sostiene que el sonido resultante es incompatible con cualquier formación seria.
La pieza se presenta como una composición contemporánea, un terreno donde la disonancia y la atonalidad son legítimas. Ese es, precisamente, el argumento que esgrimen quienes piden no juzgar con oído clásico algo que pertenece a otra tradición. El problema, apuntan las voces más críticas, es que ni siquiera dentro de esa tradición el resultado se sostiene.
Qué se sabe de la composición y de su autor
El material que circula muestra a un pianista con soltura técnica aparente —pedal, digitación, control del teclado— interpretando una partitura que, a juicio de varios oyentes con formación, no responde a ninguna estructura reconocible.
La comparación más repetida es con un gato atropellado, y no es la única imagen animal que aparece en los comentarios.
El debate se enreda cuando entra la política. El autor de la pieza es hermano del presidente del Gobierno, y su trayectoria profesional ha sido objeto de escrutinio público. La discusión sobre si el puesto que ocupa se corresponde con su cualificación se cuela en cada comentario sobre la música, hasta el punto de que resulta difícil separar la valoración artística de la sospecha sobre el enchufismo.
Fango, fango, resumía uno de los primeros mensajes.
Hay quien recuerda que en España no se aprecia el talento y quien responde que el talento, cuando existe, no necesita que nadie lo defienda con argumentos políticos.
Dodecafonismo, Stravinsky y el problema de la música contemporánea
La defensa más sólida de la pieza pasa por encuadrarla en la música contemporánea.
Un oyente con años de escucha de clásica identifica ecos de Stravinsky y bases rítmicas cercanas al dodecafonismo, aunque concluye que el resultado es un fusilamiento de acordes ya oídos, mal ensamblado. Es la crítica más técnica que aparece: no es que sea vanguardia, es que es vanguardia mal ejecutada.
Otros señalan que la disonancia y la atonalidad dejaron de ser novedad hace un siglo.
Todavía se lleva eso de tocar en escalas dodecafónicas, ironiza alguien que sitúa el experimento en el siglo XX. La pregunta de fondo es si estamos ante una provocación artística o ante la constatación de que quien compuso esto no domina las reglas que dice romper.
La conclusión más repetida entre quienes tienen formación musical es incómoda para el autor: la pieza no ofende por ser moderna, ofende por estar mal hecha.
La sospecha sobre el puesto y el relato del mérito
El estreno ha reavivado un asunto que trasciende la música.
La discusión sobre el acceso a cargos públicos por vía familiar vuelve a primer plano cada vez que alguien cercano al poder exhibe una faceta profesional. El patrón se repite: primero se cuestiona el mérito, después se cuestiona el sueldo, y al final se cuestiona todo junto.
En el lado opuesto, hay quien sostiene que atacar a un pianista por su apellido es tan injusto como defenderlo por él. La pieza debería juzgarse por lo que suena, no por quién la firma. El problema es que, cuando el apellido es el del presidente, la neutralidad es un lujo que casi nadie se permite.
Uno da la nota y el otro da con la tecla, resumía un comentario que condensa la mezcla de sorna y sospecha que domina el asunto.
El vídeo como fenómeno viral y la sombra de la manipulación
Una parte de los comentarios pone en duda que el audio corresponda a la interpretación real.
Hay quien pide una pericial musical para verificar que el pianista toca lo que suena, convencido de que ninguna persona con esa técnica puede producir ese resultado. La sospecha de manipulación —audio superpuesto, montaje— recorre el debate sin resolverse.
Otros descartan el fake: las manos se mueven con coordinación, el pedal responde, la digitación es la de alguien que ha estudiado. Si el intérprete es competente y el resultado es ese, la conclusión lógica es que la partitura es el problema.
No le doy al play por si acaso, admite alguien que prefiere no comprobarlo.
La pieza ha generado comparaciones que van de Freddy Mercury a Chopin, pasando por el concierto de Año Nuevo de Viena. Ninguna es halagadora.
Qué queda de todo esto
El estreno de «La danza de las chirimoyas» ha servido para algo que trasciende la música: recordar que en España la discusión sobre el mérito y el acceso a cargos públicos sigue sin resolverse. La pieza es el pretexto. El asunto de fondo es quién ocupa qué y por qué.
Si la composición es una provocación artística, el autor ha ganado. Si es un intento serio, el resultado invita a preguntarse qué criterios se aplicaron para llegar hasta aquí. Y si el vídeo está manipulado, entonces todo el debate sobra. ¿Alguien va a comprobarlo?