Goya, Godoy y el déjà vu de una España que se repite
Basta hojear una biografía de Goya para tocar con los dedos la misma podredumbre que hoy respiramos. O quizá no: el espejo histórico siempre hace trampa, confunde la perspectiva y exagera sombras. Pero hay demasiadas coincidencias como para archivarlas en la carpeta del folclore.
La corte de Carlos IV: el mismo reality
Godoy con 25 años en la cima, la Duquesa de Alba muriendo sin herederos, la aristocracia enzarzada en celos que hoy se dirimirían en TikTok. Mientras, Madrid era un estercolero y la corte prefirió mudarse a Aranjuez. La élite gestionaba el corto plazo y tenía la maleta preparada para la salida por Portugal. Vuelvan a leer esa última frase: a ver si les suena.
Las Pinturas Negras como diagnóstico político
El Goya sordo y crepuscular se encerró a pintar su aquelarre particular. Cronos devorando a sus hijos ya es metáfora manida. Lo que no se desgasta es el Perro semihundido: un animal que se ahoga en la arena sin que nadie lo socorra. Hay quien se reconoce en esa tela. El lector de su biografía busca en los aguafuertes la explicación de la desconfianza y la sordera política de hoy.
El malestar se desplaza al territorio
La comparación no se queda en los salones. Fuera de la capital, en comarcas como La Sagra, se detecta el mismo cóctel que precede a los motines: ayudas que no llegan, administraciones desbordadas y una población que busca culpables fuera. La tensión social se expresa hoy en clave de subsidio y migración; ayer, en la chispa de los mamelucos. El decorado cambia. El guion, no.
Si Goya levantara la cabeza, seguramente cargaría los pinceles. La duda es si esta vez habría lienzo suficiente para tanta realidad, y si en la corte alguien se atrevería a mirarlo.