Un rechazo en una app de citas tambaleó cinco años de sobriedad
Un mes de conversaciones, flores y un retrato dibujado a mano para una cita de Tinder que nunca llegó a beso. Ese es el balance que un hombre describe como el detonante de su peor bache emocional en años: llegó a estar dos meses al borde de recaer en el alcohol y las drogas después de casi cinco años limpio, dejó de comer, perdió peso y pelo. Asegura que lo peor ya pasó, pero admite que sigue quemado.
El relato ha derivado en una discusión más amplia: el desgaste de la búsqueda de pareja, la sensación de que el esfuerzo no se traduce en resultados y el resentimiento creciente de quien no encuentra a nadie que le encaje. La aplicación usada para quedar aparece una y otra vez como el centro de todas las culpas, descrita por quien la usa como un enganche del que cuesta salir.
Dos meses después de borrarla, reconoce que no ha recaído, aunque el malestar sigue aflorando por momentos.Del romanticismo al plan de desquite
La respuesta no fue recluirse. Con el tiempo reconoce que se juró no volver a pasar por lo mismo y que su reacción ha sido la contraria: mentir, acostarse con lo que pueda, aprovecharse y portarse mal. Mantiene relaciones con su expareja y con otras personas a la vez. Lo cuenta sin orgullo y con cansancio, consciente de que se está volviendo
más misógino y resentido y de que no quiere serlo.
Frente a él hay quien avisa de que ese camino no lleva a ningún sitio: la competencia se vuelve más estresante y más continua, y el desgaste acaba superando al de intentarlo con honestidad. Tirar por la vía del desquite, vienen a decir, solo confirma la espiral que se pretendía romper.
Cinco años limpio y dos meses al límite
El episodio no se mide solo en decepción. El protagonista relata que estuvo dos meses a punto de reengancharse al alcohol y a las drogas tras casi cinco años de abstinencia, con ganas de desaparecer, sin comer, perdiendo peso y pelo. Atribuye esa intensidad a una personalidad de adicto que todo lo vive a la tremenda y le cansa no conseguir cambiar de mentalidad.
Antes de esto, asegura, creía que las cosas difíciles por las que ya había pasado le habían hecho más fuerte y maduro. El golpe le demostró lo contrario. Hoy tiene momentos malos, aunque nada comparables a los de febrero y marzo. El episodio más reciente, con otra persona, le ha dolido pero lo lleva mejor.
¿Ligan más los que no tienen oficio ni beneficio?
Una de las tesis con más recorrido sostiene que hay un desajuste entre mérito y resultados: los hombres con estudios, trabajo estable y aspiraciones se quedarían sin nada, mientras que los que no trabajan ni estudian, en palabras del relato,
tienen a las mujeres lloviéndoles. Quien lo plantea insiste en que no son casos aislados, sino matemáticos.
Conviene situarlo como lo que es: una percepción personal, no una estadística. La misma idea, sin embargo, reaparece con insistencia en el discurso sobre aplicaciones de citas y alimenta la sensación de que las reglas favorecen a un perfil concreto de hombre. El argumento se sostiene en la observación de un entorno, no en datos agregados.
Aplicaciones que prometen encuentros y devuelven desgaste
El ciclo se repite: conversaciones que se alargan, planes que se posponen, excusas de última hora —cansancio, un fin de semana fuera— y un silencio que llega sin explicación. Quien ha insistido en estas plataformas describe una sucesión de citas que terminan en nada, una práctica de cortar el contacto sin explicación que en el hilo se dice haber sufrido incluso por parte de supuestas amistades, y una inversión de tiempo que no compensa frente a la vida real.
Hay quien responde que el problema es la estrategia, no la herramienta: regalar flores, ropa o joyas no hace que nadie quiera más, y decir
guapa o
preciosa a cada rato agobia. El consejo repetido es no mostrarse necesitado, no invadir la vida del otro y no esperar que un detalle material cambie el interés.
¿Basta con existir? El reparto de esfuerzos en la seducción
El desequilibrio también se describe desde el otro lado. Hay quien afirma que la seducción reparte el esfuerzo de forma muy desigual y que a una parte le basta con existir y exhibirse en
redes sociales, sin mover ficha. La frase, lanzada medio en broma, ha servido para que varios confirmen sus propias teorías sobre el reparto de esfuerzos.
Sobre ese terreno crecen los mensajes más duros: descalificaciones hacia el conjunto de las mujeres, comparaciones con mercancía y pronósticos catastrofistas sobre la convivencia entre sexos. Son opiniones sin respaldo en datos, formuladas al calor del cabreo, y describen un malestar real aunque sus conclusiones no se sostengan.
Las cartas están marcadas: asumirlo o dejarlo
Otra corriente sostiene que el problema no admite solución individual: las reglas del juego están fijadas de antemano y solo cabe aceptarlas y decidir en consecuencia. La comparación que se repite es la de un deporte que no se te da bien: lo razonable sería dejarlo y dedicarse a otra cosa, en lugar de insistir y quejarse.
A esto se suma una crítica interna que incomoda más que las anteriores: si el hombre no ve al resto de hombres como iguales y no considera sus problemas como propios, difícilmente va a mejorar su posición. La idea de que la propia crudeza contra los demás hombres forma parte del problema tiene pocos defensores y mucho eco.
Con estas premisas, cabe esperar que el malestar siga aflorando mientras las plataformas sigan siendo el principal punto de encuentro. Si el patrón se repite o se corrige es algo que nadie puede asegurar todavía; lo que sí parece claro es que la frustración ya no se queda en casa.