Castellón en agosto: la queja del veraneante que se va antes de tiempo
Ir a la playa en agosto y quejarse de que hay demasiada gente es un clásico. Pero cuando el que se queja decide regresar antes de tiempo, el fenómeno merece análisis. En Castellón, un veraneante ha resumido en una frase lo que muchos sienten: «aquí no se puede estar, me regreso el viernes». La queja ha generado un debate sobre la masificación turística en el Mediterráneo, un problema que cada verano se agrava.
La masificación en la costa mediterránea
Los supermercados atestados, las playas llenas hasta la bandera y el agua «caldosa» que no refresca son el retrato de la temporada alta en el litoral levantino. Quien ha vivido un agosto en Castellón lo sabe: no hay manera de encontrar un hueco en la arena, y el mar se convierte en una sopa tibia salada con «tropezones». La sensación de agobio es tal que muchos deciden abandonar antes de lo previsto.
El fenómeno no es exclusivo de Castellón. Se repite en toda la costa mediterránea, desde la Costa Brava hasta la Costa del Sol. La diferencia es que, en algunos puntos, la masificación se ha convertido en un problema estructural. En Benicasim, por ejemplo, se salva de la quema gracias a que «apenas hay lumpen», según algunos, pero el calor asfixiante lo compensa. En Oropesa, la situación es similar: playas llenas de familias con carritos, neveras y sombrillas.
El comportamiento del turista de masas
Hay quien sostiene que el problema no es la cantidad de gente, sino su comportamiento. El veraneante medio no se conforma con nadar o contemplar la naturaleza: necesita llevar paddle surf, flotadores, gafas, palas de tenis, cañas de pescar y, por supuesto, el móvil. Se planta en la playa con todo el campamento y se mete en el agua en manada, como hipopótamos en remojo, sin reparar en que el agua está a 30 grados y no refresca nada.
La escena se repite a diario en las playas más turísticas. A las once de la mañana, cuando el sol aprieta, empiezan a bajar los «especímenes» cargados como mulas, con su nene Izan y la nevera llena de Mahou, latas de mejillones y 40 cacharros para entretener al crío mientras caga el pañal lleno de arena. Sudados como pollos, se embadurnan en crema solar tras estar todo el año sin tomar el sol, y luego empiezan a dar gritos. Es un espectáculo que algunos describen como «un psiquiátrico al aire libre».
La alternativa de la temporada baja
Frente a este panorama, cada vez más voces apuntan a la temporada baja como la única solución. Septiembre y octubre son los mejores meses para estar en el Mediterráneo: la temperatura es genial, no hay masificación, la luz es preciosa y se está de lujo. El agua, además, permite bañarse hasta noviembre, como señalan los más veteranos. Junio también es una buena opción, aunque todavía no hace suficiente calor para los más valientes.
La paradoja es que muchos de los que se quejan de la masificación en agosto son los mismos que contribuyen a ella. «¿Y por qué vas?», pregunta alguien con sorna. La respuesta es que ir a la playa en agosto es una tradición difícil de romper, aunque el resultado sea el hacinamiento. Como dice un comentario, «el ganado es ganado y siempre lo será»: se van de vacaciones para estar hacinados, y aunque te alejes, se te ponen al lado.
Anécdotas y realidades
El debate no se queda en la playa. En la zona de Capicorb, donde duermen los hippies, se recuerda el crimen de una belga en 2024, descubierto gracias a que su perro andaba solo por la playa. Una anécdota que no tiene relación con la masificación, pero que añade un punto de inquietud a la zona. Y en los pueblos del interior, como Montanejos, las aguas interiores también se llenan en agosto, aunque algunos prefieren refugiarse en los ríos.
La cuestión de fondo es si el turismo de masas es sostenible. Mientras tanto, el veraneante que se va el viernes habrá encontrado la solución: regresar a la ciudad, donde las calles están vacías y el aire acondicionado funciona. Pero la pregunta sigue en el aire: ¿hasta cuándo aguantará la costa mediterránea esta presión?