Almería no vive del turismo. Vive del plástico.
Quien visita Almería buscando calas vírgenes se encuentra de pronto con kilómetros de invernaderos blancos: el “mar de plástico” del Poniente. No es un accidente paisajístico, es la base de la economía provincial, y el debate sobre qué merece la pena ver choca de frente con la realidad productiva.
La recomendación clásica pasa por Cabo de Gata, Agua Amarga, Isleta del Segarro, Mojácar o Villaricos. Otros añaden la Alcazaba, la catedral, el cable inglés y el desierto de Tabernas con el Mini Hollywood. Pero hay una corriente menos amable: “No hay demasiado que ver si no gusta usted de playas”. Y luego está el consejo que nadie te pone en la guía: métete dentro de un invernadero a las dos de la tarde. No se te olvidará la experiencia. Quien lo probó en los 90, recogiendo una tonelada de tomates a diario, recuerda un entorno que desde entonces ha cambiado por completo.
El mar de plástico no es solo un impacto visual. Es una máquina de producir alimentos y empleo que ha transformado la demografía de la provincia. Quien busca una tarde de turismo cultural puede sentirse defraudado; quien quiere entender de qué vive realmente Almería debería pasar del centro histórico al campo.
El turismo seguirá siendo un complemento. Pero mientras los invernaderos sigan regando media Europa, la identidad económica de Almería se juega más bajo plástico que frente a la playa. La previsión es que el modelo aguante. La duda es cuánto tiempo sin que nadie mire debajo.