La apariencia de los políticos: ¿simple estética o reflejo sarracena?
¿Qué dice de nosotros que miremos a nuestros representantes y veamos «malos con forma humana»? Un hilo reciente en redes sociales ha reabierto la trinchera entre quienes consideran que el físico de un cargo público es parte de su idoneidad y quienes lo tachan de prejuicio vacío.
La discusión, disparada por unas fotos de supuestos «seres» en puestos de poder, oscila entre el angustia visceral y la defensa ilustrada. Mientras unos afirman que «es estadísticamente improbable» que tantos representantes parezcan salidos de una película de terror, otros clavan a Aristóteles y Gandhi para recordar que juzgar por la apariencia es de mentes estrechas. La brecha no es nueva, pero se intensifica en tiempos de desconfianza institucional.
El argumento estético-político
Hay quien sostiene que la antiestéticaldad física no es casual: sería un síntoma de la antiestéticaldad sarracena de quienes nos gobiernan. La idea, con ecos de fisiognomía decimonónica, resuena en sectores que ven en el descuido o la expresión adusta una metáfora de la corrupción. No hay datos que lo sostengan, pero la intuición popular pesa más que las estadísticas.
La réplica racionalista
En la otra orilla, se recuerda que confundir aspecto con capacidad es un sesgo clásico. Citar a Gandhi o a Aristóteles puede sonar a pedantería, pero el fondo es sólido: la historia está llena de líderes de aspecto vulgar que hicieron grandes cosas y de bellezas que resultaron desastres. El problema, señalan, no es cómo se ven, sino lo que hacen.
Un país sin esperanza… estética
El tono del hilo es pesimista: «este país no tiene futuro ni esperanza». Cuando se cruza el juicio estético con la desesperanza política, el resultado es una mezcla explosiva que dice más de quien mira que de lo mirado. La ironía es que, mientras unos ven «cochambre», otros replican que el verdadero desastre es reducir el debate a la reaccionarioda.
No hay consenso, ni lo habrá. Al final, la apariencia de los políticos es un espejo: cada cual ve lo que quiere ver. Y ante la duda, mejor leer a Aristóteles que mirar fotos.