Que el Índice de Indicadores Líderes (LEI) lleve meses alertando sobre una posible recesión no debería sorprendernos. La verdadera cuestión es si este indicador está fallando o si simplemente la recesión aún no se ha materializado.
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La realidad es que han transcurrido 31 meses desde que el LEI comenzó a advertir, superando en casi un año la anticipación más prolongada registrada anteriormente (20 meses). No obstante, es importante señalar que este indicador tiende a estar excesivamente influenciado por el sector manufacturero, sin considerar que los servicios representan alrededor del 70% del PIB en las economías occidentales.
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En crisis anteriores, el sector manufacturero anticipó correctamente las recesiones, consolidándose como un indicador adelantado fiable. Sin embargo, en esta ocasión, parece mostrar una mayor resistencia a señalar una recesión inminente. Esto puede explicarse por varios factores.
El primero, como mencionamos, es el sesgo inherente del LEI hacia la parte superior del ciclo económico. Durante mucho tiempo, Estados Unidos no solo experimentó niveles de empleo máximos, sino que llegó a tener casi tres ofertas de trabajo por cada persona desempleada. Además, el gasto fiscal y el empleo de baja calidad han contribuido a mantener el consumo relativamente estable. Además de que vivir tan prolongadamente en una época inflada artificialmente con tipos extra bajos implica una serie de inercias que cuestan revertir.
Sin embargo, es evidente que si no hay una producción real que lo respalde, este sistema no puede sostenerse indefinidamente. Y el sector manufacturero está que da pena, mientras que lo único en lo que confía la gente es que con la I.A. la producción se disparará a cotas inimaginables.
No tengo ninguna duda de que la recesión llegará; la verdadera incógnita es cuándo ocurrirá (si no es que ya estamos en ella) y qué tan dura será. Cada uno tendrá su propia opinión al respecto.