Lubina, bogavante y percebes: el menú que no costó nada
¿Cuánto cuesta una comida que no se paga? Sobre el papel, cero euros. En la práctica, una mariscada con lubina salvaje, carabineros, nécoras, percebes, arroz con bogavante, navajas, tarta de Santiago y la ronda final de café, copa y puro. El autor del menú lo deja claro desde la primera línea: no pagó nada porque le invitaron. Y añade el detalle que convierte la anécdota en algo más: hacía tiempo que no tenía un día tan feliz.
La felicidad, en este caso, no venía del ahorro. Venía de la mesa compartida con buenos amigos a los que no ve tan a menudo como quisiera. «No hay nada mejor en esta vida», sentencia. La comida es el soporte; el motivo es otro.
Qué se come en una mariscada que no se paga
El menú no es improvisado. Lubina salvaje, con la aclaración de que no es «a lo salvaje», lo que sugiere una preparación sencilla y un producto que se defiende solo. Después, el trío de marisco de roca: carabineros, nécoras y percebes. El arroz con bogavante hace de plato central. Las navajas completan la parte salada. Y el cierre es tarta de Santiago, café, copa y puro.
Es una carta que en cualquier restaurante costero se dispara. Pero el dato relevante no es el precio, sino la estructura: producto de temporada, preparaciones clásicas, sin artificios. La lubina salvaje y el bogavante no admiten mucha manipulación. Quien monta ese menú sabe lo que hace.
La invitación como forma de pago
La clave económica del relato está en una frase: «No he pagado nada porque me invitaron». En un contexto donde el precio del marisco es noticia recurrente, la anécdota funciona como espejo invertido. Hay quien paga la mariscada y hay quien la disfruta. La diferencia no es el poder adquisitivo, sino la red de afectos.
El propio autor lo subraya: los amigos son «los mejores». La comida es el vehículo; el valor está en el reencuentro. Es una economía distinta, la de los favores y las mesas compartidas, que no sale en las estadísticas de consumo pero sostiene buena parte de la vida social.
El contraste con la cesta de la compra diaria
Frente a ese menú, el resto de la conversación ofrece el reverso cotidiano. Hay quien come arroz y un pastel de carne de supermercado con una cerveza sin alcohol. Hay quien tira de garbanzos «con cositas». Y hay quien presume de autosuficiencia: tomates de cosecha propia, orégano recolectado a mano, aceite de oliva y vinagre, agua del grifo para no darse a la mala vida.
El contraste no es casual. La mariscada invita y la cesta básica se defiende como puede. Entre ambos extremos aparece la pregunta que sobrevuela cualquier comida compartida: ¿quién paga la siguiente?
Al final, el menú más caro del día lo pagó otro. Y el autor ni siquiera tuvo que fingir que sacaba la cartera. Eso, en según qué círculos, es el verdadero lujo.