RTVE Play emite La vida de Adele gratis y el Grand Prix desaparece
¿Puede una televisión pública financiada con impuestos emitir en abierto, gratis y sin anuncios el catálogo de cine que le venga en gana? Oficialmente sí: para eso está el servicio público. En la práctica, ese criterio ha puesto en la misma parrilla digital una película polémica y un concurso familiar que ya no está en su web.
RTVE Play, el sustituto de RTVE A la carta, ofrece películas gratis. Entre ellas,
La vida de Adele. Mientras tanto, las ediciones antiguas del
Grand Prix del Verano que estuvieron subidas a su web dejaron de responder.
Qué es RTVE Play y por qué el cine sale gratis
RTVE Play es el servicio digital que tomó el relevo de RTVE A la carta. Emite series, programas y películas con dos singularidades que no existen en ninguna plataforma privada: no hay suscripción y no hay publicidad. El contenido lo financia el contribuyente vía presupuestos y el espectador lo consume sin pasar por caja. Ninguna otra ventana del sector opera así.
De ahí nace la primera objeción, y es puramente económica. Si el catálogo no genera ingresos, ¿qué criterio decide qué se compra y qué se emite? La respuesta oficial —
servicio público, cultura accesible— choca con la sospecha de que el dinero circula entre un grupo reducido de productoras y directores. La crítica incómoda no pregunta cuánto se gasta, sino quién decide.
La polémica de La vida de Adele: 15 años en la ficción
La cinta, dirigida por
Abdellatif Kechiche, narra la relación entre dos adolescentes. El detalle que ha encendido el asunto es la edad: la protagonista tiene
15 años en la ficción, mientras la actriz que la interpreta tenía
18 recién cumplidos durante el rodaje. Sus detractores más duros sostienen que el filme hace apología de contenido sexual con menores y le atribuyen más de treinta minutos de metraje explícito. Es una acusación, no un hecho judicial.
La condena está lejos de ser unánime. Hay quien la considera una historia de iniciación sentimental y un retrato del deseo adolescente, equiparable a cualquier película de instituto con pareja heterosexual. También hay sectores del propio público al que el filme dice representar que lo han rechazado por entender que responde a una fantasía ajena. Con esas credenciales, que el título esté disponible gratis para cualquier espectador añade un problema de etiquetado.
Quién paga el cine que se emite gratis
El segundo eje del malestar es la subvención. El argumento del sector se repite cada vez que se cuestiona el modelo: sin dinero público no habría cine español. Un participante crítico con el modelo lo resume citando al sector: «necesitamos dinero público para que haya cine español. Ergo, sin dinero nos vamos al paro, ergo nuestras películas no las quiere ver nadie». Traducido: un negocio que no se sostiene con clientes que paguen entrada.
La conclusión que extrae la parte crítica es simple. Si el producto no encuentra público dispuesto a pagarlo, la factura debería asumirla quien lo produce, no el presupuesto de todos. El contraargumento habitual —que el cine es industria, empleo y marca país— no responde a la pregunta de por qué ese empleo debe salir de impuestos y no de taquilla.
Del destape de los ochenta a la parrilla actual
La comparación histórica aparece en cuanto se rasca un poco. La TVE de los años ochenta emitió en horario de máxima audiencia series sobre santos católicos y dio cancha a un cine de destape en el que participaban actrices hoy reivindicadas por el feminismo institucional. La conclusión que se extrae es que el criterio de la televisión pública nunca fue aséptico: siempre fue político, solo que antes apuntaba en otra dirección.
Hay quien sostiene que el cambio de sensibilidad no es neutral. Un mismo ente pasa de producir ficción religiosa a financiar títulos que parte de la audiencia considera inapropiados para emisión abierta. No es un juicio estético: es una decisión sobre dinero ajeno.
El Grand Prix del Verano y el archivo que ya no está
La otra mitad de la historia es una desaparición. Las ediciones del
Grand Prix del Verano estuvieron disponibles en la web de RTVE y hoy sus enlaces no llevan a ningún sitio. Los más críticos hablan directamente de
damnatio memoriae: la eliminación deliberada de un rastro audiovisual, como si el formato nunca hubiera existido. Existen webs de aficionados que siguen recopilando episodios, prueba de que el material existió y circuló.
El regreso del formato añade otra capa. Una parte del análisis sostiene que el relanzamiento es un movimiento calculado: si fracasa, se enterrará el concurso —y de paso las competiciones entre pueblos— como cosa de otra época; si triunfa, nadie volverá a plantear su hueco en el archivo. Un resultado beneficioso en cualquiera de los dos escenarios.
Qué dicen quienes no ven ningún problema
No todos comparten el enfado. Hay quien recuerda que las historias de adolescentes que descubren el deseo llevan décadas en el cine y que una película entre chicas no resulta más escandalosa que una entre chicos. Y aparece el argumento inverso, no menor: «No entiendo. Os quejáis de tener un gobierno censor y aquí estáis indignados porque no se censura lo que vosotros queréis». Sobre el fondo planea la vía más antigua de todas: si el contenido no gusta, basta con no encender el aparato.
La cifra que descoloca a ambos bandos es la misma: el catálogo se paga igual, se consuma o no. Y quien decide qué entra en él no rinde cuentas ante ningún cliente.
Al final quedan tres opciones: pagar una suscripción privada, tragarse la parrilla pública o apagar el aparato. La cuarta —que alguien explique con criterios verificables qué se compra con el dinero de todos— sigue sin aparecer en el catálogo.