Ataque de pitbull a dos niñas: ¿prohibir o regular?
Un perro criado para pelear puede tenerlo cualquiera; una pistola, no. Esa asimetría ha vuelto a primer plano tras el episodio en el que dos madres sufrieron heridas graves al proteger a sus hijas de 2 y 3 años. El suceso, grabado por cámaras de seguridad, ha reavivado la polémica sobre la tenencia de perros potencialmente peligrosos.
Entre las víctimas se encontraba Juliany Rabelo, secretaria de Asistencia Social del municipio, y su cuñada Lidiane. Ambas resultaron heridas de consideración al interponerse entre el animal y las niñas. La rápida intervención de varios residentes y del esposo de Lidiane evitó una tragedia mayor, pero el vídeo ha devuelto a la opinión pública una pregunta incómoda: ¿cuánto vale la seguridad de un niño frente al capricho de tener un perro agresivo?
La genética del pitbull no se corrige con adiestramiento
La controversia tiene un fondo incómodo para los defensores del animal: el pitbull no es un perro común. Es el resultado de un cruce entre terrier y bulldog, seleccionado en Gran Bretaña a mediados del siglo XIX para las peleas. Durante generaciones se buscaron los ejemplares más combativos y con la mordida más destructiva. No es solo una cuestión de educación: es una cuestión de selección artificial.
Hay quien sostiene que siglos de instinto no se silencian con unos meses de adiestramiento. En frente, los que defienden al perro recuerdan que el comportamiento depende del dueño: un animal de 40 kilos con un dueño irresponsable es un arma; con un dueño capaz, un animal estable. Pero ese matiz no tranquiliza a quien ha visto a un pitbull de 60 kilos arrastrar a una persona por la calle.
Prohibir la raza o responsabilizar al dueño
Las posiciones se reparten en dos bloques. Un sector pide la prohibición de la cría y tenencia de estas razas, argumentando que la selección genética los convierte en bombas de relojería. El otro sector reclama endurecer las condiciones de tenencia: licencia, seguro, bozal y responsabilidad penal efectiva para el dueño.
La comparación con el control de armas es inevitable. En casi cualquier país hacen falta más papeles para una escopeta que para hacerse con un perro capaz de desfigurar a un niño. La paradoja está servida: se puede tener una docena de pitbulls en casa, pero no una pistola para defenderse de ellos.
La factura económica del ataque: quién paga los platos rotos
El ángulo económico del asunto se menciona menos de lo que debería. Las lesiones por mordedura generan gastos sanitarios, rehabilitación, bajas laborales y, en ocasiones, secuelas permanentes. Esa factura la pagan las víctimas y el sistema público, no el dueño del animal.
Los datos más escépticos apuntan a que los dueños de perros peligrosos rara vez acaban ante un juez. La dificultad de probar la negligencia y la falta de denuncias convierten la responsabilidad en papel mojado. El riesgo se socializa: todos pagamos los platos rotos de una tenencia irresponsable.
Lo que el vídeo no muestra: cómo se suelta una mordida
Hay una curiosidad que pocos comentan: el vídeo muestra a varias personas intentando separar al animal durante un tiempo que se hace eterno. En los manuales de autodefensa se insiste en que un perro que muerde no suelta con golpes. Las técnicas más citadas pasan por presionar la tráquea o introducir un objeto en la boca para forzar la apertura. Son medidas brutales, pero pueden marcar la diferencia entre la vida y la muerte.
Mientras tanto, las cámaras de seguridad vuelven a captar un ataque que pudo evitarse. La pregunta que sigue sin respuesta es por qué la ley no trata a los dueños de estas razas con la misma seriedad que a los que manejan armas de fuego. ¿Cuántos vídeos harán falta para que alguien asuma la responsabilidad?