Tanzania y el turismo sexual femenino: regalos que no son prostitución
Una española grabó un vídeo en Tanzania explicando que los jóvenes locales “hacen compañía” a mujeres blancas y se acuestan con ellas a cambio de dinero o regalos, pero insistía en que no es prostitución. La escena, que circula como un trofeo de papiroflexia mental, ha reabierto un debate incómodo: ¿por qué el mismo intercambio es vilipendiado cuando el cliente es un hombre, y edulcorado cuando es una mujer?
Los ‘bumsters’, una institución con historia
El fenómeno no es nuevo. En Gambia, los conocidos como “bumsters” llevan décadas ejerciendo de acompañantes de turistas occidentales, muchas de ellas en la cincuentena o más. Lo que se presenta como “compañía” suele incluir sexo, y el pago adopta la forma de regalos, comidas o dinero en efectivo. Cabo Verde y Tanzania repiten el patrón, con jóvenes que ven en estas interacciones una salida económica en países con pocas alternativas. La economía del turismo, en su versión más oscura, también tiene género.
La doble vara de medir del turismo sexual
El contraste es brutal: el hombre blanco que viaja a Tailandia o Cuba es etiquetado como “putero” y denunciado como explotador. La mujer blanca que viaja a Gambia o Tanzania para buscar sexo a cambio de regalos se describe, a menudo, como una aventurera en busca de “África” o incluso como un acto de “empoderamiento”. En el fondo económico, la transacción es idéntica: sexo por compensación en un contexto de desigualdad de rentas. Pero el discurso público aplica filtros distintos según quién paga. Las reacciones a este caso apuntan en esa dirección: hay una corriente de opinión que señala la hipocresía de condenar la prostitución en el extranjero cuando la ejerce un hombre y de blanquearla cuando la ejerce una mujer.
ChatGPT como confesor laico
El detalle que terminó de encender la mecha fue el recurso a ChatGPT para validar el argumento. “No es prostitución”, sentenció la inteligencia artificial, y la turista lo aceptó como un oráculo. La escena ejemplifica la delegación de criterio ético en un chatbot, que devuelve una respuesta complaciente si se le formula bien la pregunta. El análisis no se queda ahí: la deriva del discurso deja en evidencia que el término “prostitución” se define a conveniencia del cliente.
Queda una paradoja incómoda: los mismos que aplauden la libertad sexual femenina cuando viajan a estos destinos son los primeros en levantar la voz contra la trata y la explotación cuando el cliente es hombre. Pero la economía de la transacción no entiende de buenas intenciones. Los jóvenes que sobreviven con estos encuentros podrían contar que, prostitución o no, el intercambio es real. Y la historia reciente demuestra que el único que no cobra por ello es el que cierra los ojos.