Godofredo1099
Madmaxista
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Desde los días luminosos de…
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España se define por su profunda historia, desde la Hispania romana hasta la actualidad, manteniendo su unidad a pesar de las adversidades.
Desde los días luminosos de la Hispania romana, cuando esta tierra dio al mundo emperadores de la talla de Trajano y Adriano, ya latía en ella una grandeza propia. No fue mera provincia; fue cuna de emperadores, filósofos y sabios, de hombres como Séneca, Pomponio Mela, Quintiliano, Lucano o Columela, de cónsules como Eliano y de legiones que llevaron el nombre de Roma hasta los confines del orbe. En aquella Hispania antigua se forjó el carácter de un pueblo que, con el paso de los siglos, transformaría la herencia romana en algo aún más alto y duradero.
Somos los herederos de Recaredo, Leovigildo, de Don Pelayo y de los Reyes Católicos, de Cervantes, de Lope de Vega, de Calderón de la Barca, de Santa Teresa de Jesús, de San Vicente Ferrer y de San Juan de la Cruz, de aquellos que, con la pluma o con la espada, elevaron el nombre de España hasta los altares de la civilización. Somos la sangre del Gran Capitán, que enseñó a Europa el arte de la victoria en Seminara, Garellano, Ceriñola y Granada, y de Don Juan de Austria, que en Lepanto detuvo el avance otomano y salvaguardó la cristiandad. También de Hernán Cortés conquistando el imperio mexica y reponiéndose de la noche triste en Otumba, de Pizarro y sus trece de la fama, del ánimo impetuoso de Núñez de Balboa y Juan Sebastián Elcano singlando las aguas, del Marqués de Rodil resistiendo en el Real Felipe del puerto del Callao (Perú) casi dos años a los separatistas, de los héroes de Baler en su humilde trinchera en la iglesia.
La continuidad de España no es nostalgia; es destino. Es la certeza de que, a pesar de las tempestades, de las traiciones y de los intentos de fragmentarla, el alma española sigue viva. Porque una nación no se mide solo por sus fronteras actuales, sino por la memoria que la sostiene y por la voluntad de quienes aún se reconocen en ella. España es la cruz y la corona, el olivo y el toro, el silencio de los claustros y el grito de los campos. Es la promesa de que lo que fue grande puede volver a serlo, no por imitación de lo ajeno, sino por fidelidad a lo propio.
Que nadie diga que España se acaba. Mientras haya un español que ame su historia, que hable su lengua con orgullo y que defienda su unidad como un bien sagrado, la nación permanece. No como un museo, sino como un ser vivo. No como un pasado muerto, sino como un futuro que se construye sobre raíces profundas. España fue. España es. España será.
Desde los días luminosos de…