El cambio demográfico se cuela en el debate económico y ya no se tapa
Hay una escena que se repite en cualquier pueblo castellano de entre 5.000 y 20.000 habitantes: parador, castillo, consultorio que abre tres días a la semana y un supermercado con más cajas de fruta importada que de hortaliza de la comarca. A diez minutos, en el almacén de las afueras, la cuadrilla que carga los camiones lleva años sin cubrirse con mano de obra nacional. Entre esas dos postales —la España que se vacía y la España que recibe— se ha instalado un malestar que ya no es solo económico. Ansiedad laboral, miedo a perder el sitio y desconfianza hacia un relato oficial que insiste en celebrar cada llegada como una ganancia. El cambio demográfico ha dejado de ser tema de sobremesa.
El campo que pide manos y culpa al Estado
El sector hortofrutícola es el mejor ejemplo de la contradicción. Se queja, con razón, de que el Estado permite importar producto cultivado en Marruecos a precios que aquí serían inviables por costes laborales y fitosanitarios. Y al mismo tiempo sostiene que sin trabajadores extranjeros el campo no se levanta. La cuadratura no existe: si se paga lo que un trabajador nacional exige para no vivir en una chabola, el precio final sube y el consumidor acaba comprando la bandeja del país tercero. Quien condena al sector —se argumenta— no es el migrante, sino un marco regulatorio que hace imposible competir. La réplica es igual de incómoda: el problema real no sería la falta de brazos, sino un modelo de explotación que necesita la precariedad para cuadrar números.
Emigrar dejó de ser la puerta de atrás
La vieja solución de «me voy» se ha estrechado. Irlanda, destino estrella de la fuga cualificada, ya no admite un asalariado más sin empeñar medio riñón por una habitación. Reino Unido, con su propio lío migratorio, tampoco. Alemania, Francia y Países Bajos hacen cuentas con brotes nacionalistas propios. Quien sostiene que mudarse de país es hoy la válvula de escape no ha hecho la mudanza. La globalización —añaden— no reparte salidas, reparte el mismo problema en cada consulado. Y el que puede moverse suele ser el que ya tenía red, idioma y colchón; el resto se queda mirando. Emigrar exige dinero de ida, papeles de destino y estómago para empezar de cero a los cincuenta.
La geografía del refugio: pueblo mediano, con parador y sin polígono
Hace tiempo que circula una tesis de repliegue: localizar municipios de entre 5.000 y 20.000 habitantes, de interior, con patrimonio y turismo cultural, sin industria ni playa masificada, y donde la población foránea aún no sea mayoritaria. Castilla y León y Zamora aparecen en todas las quinielas. No es una idea original: se repite en Francia, en Estados Unidos, entre europeos del norte que compran casa en la España interior. El criterio no es ideológico, es logístico: donde hay hospital comarcal, tren y un par de bares abiertos en enero, el colchón aguanta; donde solo hay una rotonda y un polígono, no. Es un cálculo de tiempo, y quienes lo manejan hablan de un margen de diez o veinte años antes de que el refugio se generalice y deje de serlo. No resuelve nada. Solo lo aplaza.
El experimento que lo resume todo
La analogía que mejor captura el estado de ánimo no es económica, es biológica. Alguien la describió con gusanos: diez individuos en una caja viven gordos y en paz; se añaden cinco y empiezan a disputarse espacio y comida; otros cinco más y se comen entre sí. La caja es el país, y hay quien cree que el recuento ya pasó de la primera cifra. La anécdota no distingue entre quien llega y quien estaba —ese matiz es otra pelea—, pero explica por qué el malestar cuaja mejor en la falda de Madrid, en un radio que algunos estiran hasta los 300 kilómetros. Y ahí queda el dato incómodo: todas las salidas que se manejan son individuales, cuando el fenómeno que las provoca es, por definición, colectivo.