La jubilación del baby boom pone a prueba las cuentas del sistema
Un hombre de 56 años lleva levantándose a las tres de la mañana desde los 16. Doce horas diarias de lunes a sábado, tres meses de paro en toda su vida laboral y ni una ayuda cobrada. Cuenta su caso para rebatir a quienes sostienen que su generación lo tuvo todo a favor y lo dejó escacharrado. La respuesta que recibe es casi siempre la misma: mientras tanto, la edad de jubilarse va llegando. La generación del baby boom español entra en la edad de retirarse y con ella entra en revisión entero el sistema público de pensiones.
El proceso ya está en marcha, aunque no todos los cálculos coinciden: hay quien sostiene que los nacidos a finales de los cincuenta se retiran ya y quien retrasa la jubilación masiva hasta
2034. La
deuda pública que tapa el desfase entre lo que se ingresa y lo que se paga ronda el
100% del PIB en el dato que se cita, y las estimaciones que circulan la elevan bastante más. Se discute sobre casi todo, empezando por las fechas.
¿Cuándo se jubila de verdad la generación del baby boom?
El periodo no está cerrado. Una parte lo sitúa entre los nacidos en
1958 y 1978: los mayores de esa horquilla cumplen 65 años y la mayoría se retiran ya. Otra lo acota de 1957 a 1977. Y una tercera recuerda que la natalidad española se desinfló a partir de
1975, de modo que la jubilación masiva llegaría en 2034. Diez años de diferencia entre la fecha más optimista y la más tardía. No es un matiz menor: cualquier planificación de ingresos y gastos que ignore ese desfase se sostiene sobre arena.
A eso se añade el calendario legal. La edad ordinaria se ha estirado de los 65 a los
67 años y ya se habla de los 70. La jubilación anticipada está muy restringida y, según los cálculos que se repiten, en poco más de dos años nadie sin muchos años cotizados se retiraría antes de los 67. Colectivos como la educación o las fuerzas de seguridad mantienen regímenes propios que adelantan la salida.
De dónde sale el dinero: impresora, deuda e inflación
El sistema es de reparto: las cotizaciones de quienes trabajan hoy pagan las pensiones de hoy. Una lectura extendida lo describe como una
estafa piramidal heredada de Bismarck, con un efecto secundario concreto: al garantizar el Estado la vejez, se habría debilitado el incentivo de tener hijos. Otra corriente lo resume con sorna — mientras
la impresora tenga tinta, todo sigue — y sostiene que el dinero existe y solo falta voluntad política para repartirlo.
Enfrente está la tesis de que no habrá un ajuste brusco, sino silencioso. Lo hará la inflación, porque los tramos del IRPF no se deflactan y cada año se entrega más al fisco sin que el sueldo suba en términos reales. Es el ajuste que no sale en los titulares y que algunos resumen diciendo que la población camina hacia la miseria sin darse cuenta.
La deuda es el otro pilar de la discusión. Cerca del 100% del PIB en el dato que se cita como oficial, un
120% si se contabiliza la deuda de las comunidades autónomas —avalada por el Estado, técnicamente deuda pública—, en torno al
140% en la estimación que se cita como real y hasta un
300% en el escenario hipotético que algunos plantean. El desglose completo de esas cifras, con la parte autonómica incluida, es donde la discusión se pone verdaderamente interesante.
El choque de relatos: quién construyó el país y quién lo sostiene
El relato más repetido defiende que esa generación convirtió caminos en autopistas, sustituyó trenes con asientos de madera por trayectos a 300 km/h y pasó de un balón de trapo en una calle embarrada a los móviles 5G, dejando el país en la élite europea. La contrarréplica tiene dos frentes. El primero: eso no lo hizo el baby boom, sino la generación anterior, la que pasó hambre y sacó el país a flote. El segundo: las autopistas se multiplicaron para beneficio de las constructoras mientras la media distancia y los cercanías se caen a cachos.
El punto de fricción no está solo en el balance histórico. Se recuerda que en la banca, en las telecos y en la minería hubo salidas anticipadas a los
50 y pocos años para un grupo privilegiado, y que quien no estaba en ese grupo sigue trabajando pasados los 60. Ese agravio comparativo, más que las cifras agregadas, es el combustible de la conversación.
Impuestos, pensiones máximas y ahorro privado: las recetas que circulan
Entre las propuestas individuales que se repiten hay una que resume el tono: limitar por parte del Estado la pensión máxima a
2.500 euros, llegar a la jubilación con el piso pagado y una cartera mínima de
100.000 euros. Con eso, viene a decirse, se va
que chuta. Es una salida privada a un problema colectivo, y como tal se plantea.
En paralelo circula la advertencia fiscal: quien gane por encima de 1.200 euros debería prepararse para ver retenciones del 25%. El cálculo mezcla tramos y netos, pero la dirección del aviso —más presión sobre las rentas medias— es la que se repite en cada discusión sobre el IRPF.
Natalidad y trabajadores de fuera: la discusión sobre los cotizantes
Una parte del análisis sostiene que el sistema necesita más cotizantes y que por eso se recurre a la incorporación de trabajadores migrantes. Frente a eso se objeta que una natalidad baja no es en sí un problema si los ingresos que complementan el reparto acompañan, y se discute el coste de ese proceso. Sobre este punto las posturas están lejos de converger y el tono sube más que en el resto del asunto.
El dato que descoloca
Con la deuda en torno al 100% del PIB, un 120% si se suma la autonómica y una estimación del 140%, la cifra que descoloca no es ninguna de las tres. Es que en el mismo diagnóstico convivan un 100, un 120, un 140 y hasta un 300% hipotético, y que la discrepancia no esté en el cálculo, sino en el desenlace.