España, el colapso que no cesa: apagones, trenes y pantanos
España no colapsa: ya colapsó hace tiempo y sigue fingiendo que no. En cuarenta y ocho horas se acumularon dos imágenes que lo dicen todo: un apagón de diez horas y un tren con catorce horas de retraso en mitad de la nada. No fue un accidente fortuito. Fue la fotografía del estado real de las infraestructuras.
El apagón de diez horas y el tren de las catorce
El apagón, según las crónicas del momento, duró alrededor de diez horas y la luz volvió al caer la noche. Si el corte hubiese afectado a los barrios más degradados de las grandes ciudades, dicen algunos análisis, el malestar habría sido otro. Con ello apuntan a un dato incómodo: la capacidad de protesta no está a la altura del deterioro.
El incidente ferroviario, con pasajeros atrapados catorce horas en la vía, se convirtió en el símbolo perfecto de la falta de mantenimiento. Las críticas se dirigieron hacia el Ministerio de Transportes y su titular, Óscar Puente, mientras algunas voces ironizaban con que la culpa era de Alvise, el político de moda. La realidad, menos épica: evaluación de riesgos, inversión y conservación.
¿Un problema español o una epidemia occidental?
Hay quien se resiste al diagnóstico de colapso nacional. El argumento: un repaso de quince minutos enumera problemas equivalentes en Estados Unidos, Reino Unido, Francia y Alemania. Si España está en decadencia, no está sola. La diferencia, apuntan otros, es la velocidad y la capacidad de reacción institucional.
Lo que unos llaman resaca del socialismo, otros lo llaman envejecimiento común de Occidente. Entre medias queda la evidencia de que los síntomas son parecidos, pero el país con menos margen fiscal lo nota antes.
El sector público que sostiene y el conformismo que inmoviliza
Uno de los puntos más llamativos del intercambio es el cálculo del peso de los dependientes del sector público: entre el 60% y el 65% de la población viviría de él. De ahí se extrae una conclusión incómoda: la mayoría no está frita, porque al final del mes el Estado le cubre las espaldas. Por eso no hay caceroladas.
En este punto, la conversación se bifurca. Unos ven ahí la prueba del arraigo del modelo; otros, el mecanismo que convierte a la ciudadanía en rehén del propio sistema. Y de fondo, la crítica a la privatización de lo que funciona: Correos, Renfe, incluso el mantenimiento de los embalses, muchos de la época de Franco.
Lo que dicen los datos, entre el boletín y la calle
El mantenimiento de los pantanos sale a relucir con una advertencia: muchos son de la época de Paco, en referencia a Franco, y no se ha invertido la mitad de lo necesario. La Hacienda pública, apuntan, sí funciona con precisión suiza cuando se trata de cobrar. La ironía no es nueva, pero resume el desajuste entre la capacidad recaudatoria y la inversión en conservación.
La conversación se despide con una broma: si algo funciona bien, más vale no publicitarlo, no vaya a ser que lo arreglen. Aplicada a las infraestructuras, esa es exactamente la regla no escrita del mantenimiento.
El colapso no es un evento, es un proceso. Nadie saldrá a la calle mientras la luz vuelva antes de la cena y el tren, tarde o temprano, llegue. La pregunta que queda flotando es cuánto tiempo más puede sostenerse el trampantojo. Si los fondos europeos se agotan y el sector público no se reforma, el escenario que se dibuja para dentro de unos años no es un apagón de diez horas. Es la normalidad.