Por qué en España no se llevan chanclas aunque haga calor
¿Por qué un país de veranos tórridos castiga el pie al aire? La mayoría de los países cálidos, incluidos los de mayoría musulmana, calzan abierto sin drama; aquí el pie ventilado arrastra fama de poco elegante, de sucio o de cosa de raros. Ese rechazo tiene algo de norma social no escrita, casi de moral. Y el detalle incómodo: el
calzado abierto es el más barato de todos.
El fenómeno se detecta en cualquier calle en pleno agosto. Frente a la lógica del clima,
España se comporta como una excepción entre los países cálidos: pantalón largo, calcetines y zapato cerrado incluso en el calor más tórrido. La explicación que se repite —no es elegante, no es limpio, eso lo llevan los raros— suena menos a argumento que a eslogan heredado.
Del detector de guiris al traje de la Feria de Sevilla
Hay un termómetro tan simple como fiable: las
sandalias abiertas. En cualquier evento multitudinario sirven para identificar al visitante extranjero a la legua, y la escena se ha convertido en un clásico. La contraparte la firman las españolas, que recurren a la chancla o a la sandalia a la mínima que el termómetro sube. La brecha no es de clima; es de guion social.
Ese guion tiene su versión más extrema en la liturgia veraniega:
traje y corbata bajo el sol en ferias y celebraciones del calendario, donde el calor se aguanta por no romper la norma. La ropa deja de ser protección y pasa a ser jerarquía. Quien se sale del molde paga en comentarios.
La misma lógica opera en el pie. De la Roma clásica queda un precedente llamativo: las
sandalias quedaban para clases bajas, legionarios y esclavos, mientras los patricios se reservaban el zapato cerrado en público y solo se descalzaban entre las cuatro paredes de casa. El pie al aire era marca de escalafón, no de comodidad.
¿Por qué hay quien defiende el zapato cerrado en agosto?
No todo es postureo. Existe un argumento técnico que sostiene que
el calzado cerrado protege del frío y del calor a la vez, porque genera un
microclima aislado del exterior, sobre todo si la piel es de cuero. Bajo esa tesis, el pie encerrado sufriría menos que el expuesto. Un zapato abierto dejaría el pie a merced del asfalto y de cualquier golpe.
La seguridad refuerza la postura. Quien calza abierto para todo asume el riesgo de lesiones: caídas, golpes con objetos, accidentes domésticos. La defensa del zapato cerrado gana peso en terrenos hostiles —maleza, monte, pedregales— donde el calzado abierto no sujeta el tobillo ni amortigua igual.
De ahí que muchos acepten la chancla solo para playa, piscina y los alrededores de casa. Sostienen que su uso urbano e intensivo está sobrevalorado y que, llevada todo el día, termina deformando la pisada hasta acercarla a la posición natural del pie. Y el calcetín, condenado como imagen del ridículo, aparece en este bando como un truco para evitar rozaduras y durezas cuando los pies van al descubierto semanas enteras.
El doble rasero: sandalias de mujer sin polémica, de hombre con escarnio
Aquí asoma una asimetría difícil de discutir: si el pie ventilado se castiga, se castiga mucho más en el hombre. La sandalia femenina circula sin drama, incluso en versión de vestir; la masculina carga con el juicio estético. Quien defiende el pie al aire en clave masculina añade una condición de estilo —limpio, cuidado, con cierto porte— que la mujer, sencillamente, no necesita cumplir para que nadie le levante la ceja.
La misma vara se aplica al gusto personal. Reaparece el prejuicio sobre el vello o el estado del pie, más severo en el hombre, como si la estética del cuerpo solo se midiera de cintura para arriba. En el extremo opuesto, hay quien defiende que el calzado abierto de calidad existe —chancla negra de diseño, vaquero roto, camiseta de tirantes— y que el rechazo lo firma más la desgana que la moda.
La tesis histórica: pasado musulmán, soldadesca y patricios romanos
Sobre el origen del rechazo circulan varias teorías, y ninguna cerró el asunto. Una de las más discutidas apunta a un
posible sustrato del pasado musulmán de la península; otra, en sentido contrario, lo atribuye al pasado militar y de guerras, con la idea de que un pie al aire era un pie expuesto a pisadas y daños. Hay quien descarta ambas y lo reduce a pura imitación del vecino del norte.
Ninguna se sostiene con pruebas. Lo que sí se repite es la sospecha de que el país ha convertido un detalle de consumo en un marcador de clase: el calzado abierto se asocia a lo popular, a lo pobre o a la dejadez, mientras el zapato cerrado presume de decoro. El eufemismo elegante para eso es
estética; el real es otro bastante menos amable.
Con los datos disponibles no hay manera de zanjar de dónde viene el rechazo. Y mientras se discute, el pie sigue encerrado en agosto, los pies sudan y el calzado abierto sigue costando la mitad. La tradición, desde luego, es barata de mantener: pagarla en incomodidad corre por cuenta del ciudadano.