Esforzarse en España: el relato que no cuadra con la nómina
Esforzarse no paga. Ni en el colegio, ni en la facultad, ni en la primera entrevista de trabajo. Esa es la afirmación que abre un retrato larguísimo del recorrido educativo español, sin adornos y con mucha munición anecdótica. La tesis es tajante. El matiz aparece al leer el resto.
El relato arranca en primaria: un alumno que se esfuerza hasta el 10 recibe la misma anotación cualitativa —un
PA— que el que apenas llega al 5, y esa escala deja de distinguir nada. Después viene el instituto, la mezcla de edades y niveles en el mismo aula y el acoso como amenaza para quien quiere estudiar. Y así hasta el campus. La queja se repite en cada etapa: el sistema nivela por abajo.
El PA del boletín y la matrícula de 2.000 euros
La primera factura llega con la matrícula: en torno a
2.000 euros, frente a los 50 o 100 euros de tasa estándar que se pagan en buena parte del continente, según esta versión de los hechos. A eso se añade el castigo por repetir. Si se suspende o no se presenta uno y vuelve a matricularse, el precio del crédito se cobra
al doble, sin explicación que aguante un examen. Es la parte del relato que más indignación concentra.
El otro frente es la beca. El argumento que se repite es que las ayudas no premian el rendimiento, sino que quedan condicionadas por el patrimonio familiar: heredar el 20% de la casa de los abuelos basta para quedar fuera de cualquier convocatoria.
¿Por qué el expediente no encuentra trabajo?
El siguiente muro es el mercado laboral. Según las ofertas que se citan de portales de empleo, lo que más se demanda son
ciclos formativos y ESO, mientras que para un doctorado apenas aparecen
30 ofertas. El contraste lo resume un caso concreto: un candidato se presenta a una vacante de informático en un hospital, ofrece cubrir también un puesto de auxiliar administrativo si no le cogen en la primera y no recibe ni una llamada.
Los anuncios, dicen, piden a alguien de tu edad con tres carreras, cuatro idiomas, cinco másteres y diez años de experiencia. Y los sueldos no acompañan: se citan
800 euros para el puesto para el que se estudió frente a los 2.500 euros que se llegan a pagar por fregar en otro país. La conclusión que se saca es incómoda: el título acredita esfuerzo, no empleabilidad.
La meritocracia que acaba sonando a 'emeritocracia'
El foco se desplaza entonces al enchufe. Hay quien describe una administración con plazas que no se cubren por mérito, funcionarios con plaza fija que rinden por debajo y trepas que medran sin producir. La frase que mejor captura el humor del asunto es que toda la vida se ha vendido la moto de la meritocracia cuando querían decir
Emeritocracia.
El caso político que se cita es el intento de crear institutos públicos de élite para alumnos aplicados en la Comunidad de Madrid, que se topó —según este relato— con el argumento de que era fascismo y supremacismo. No es una lectura unánime. La objeción llega desde otro flanco: no hace falta padrino si uno es realmente bueno, y el alumno que destaca se lo rifan las empresas o el catedrático para el doctorado. El verdadero riesgo, añaden, no es la cuna, sino cruzarse con según qué docentes o con un compañero trepa con mano derecha en la jefatura.
El sueño americano tampoco cuela
La comparación con Estados Unidos se cae rápido. El mito del garaje se desmonta con un dato: al fundador de Amazon su
padre adoptivo le dio 260.000 dólares para que la empresa no quebrara en los años 90. Y hay quien recuerda que el de Microsoft tampoco nació en la miseria. La fantasía del emprendedor sin capital queda así reducida a propaganda motivacional.
Incluso aceptando que en otro país hubo movilidad hace décadas, el diagnóstico que se impone es que ese ascenso se ha cerrado también allí. La formulación más descarnada, de un forero: quien nace pobre muere pobre.
Las dos salidas: montar algo o largarse
Con ese panorama, sólo se reconocen dos caminos sensatos para quien está cualificado de verdad. El primero es montar su propio negocio: exige capital, colaboración y un préstamo, y no todas las especialidades permiten hacerlo igual. El segundo es emigrar a un país donde el crecimiento económico sea real; Suiza y Austria aparecen como destinos preferidos, aunque se admite que tampoco son la panacea de hace décadas.
El contrapunto lo pone quien defiende que sí hay ascenso: un currante que sacrifica festivos, ahorra y acaba montando su negocio. Y queda la recomendación clásica de un cocinero televisivo muy conocido: tener primero un oficio y después estudiar la carrera. Nada de esto cierra el agujero del diagnóstico inicial.
Otra lectura insiste en que el problema es de actitud, de mentalidad derrotista y de echar la culpa fuera. Frente a eso pesa el resto del hilo: los que se formaron y no encuentran hueco, y los que optan por irse.
Si el coste de educarse sigue subiendo y el retorno sigue bajando, la previsión que sobrevuela toda la conversación es sencilla: seguirán marchándose los mejores. Con reservas, porque los que se quedan también encuentran hueco, pero sin que nadie se atreva a firmar que el esfuerzo vuelva a pagar sólo por el hecho de serlo.