La brecha de cuidados explica por qué ellas no encuentran pareja
Hay una lista que se hizo circular a finales de septiembre de 2023 y que suena más a protocolo sanitario que a declaración de amor: que no beban, que no conduzcan bebidos, que vayan al médico cuando enfermen, que cuiden su dieta, que hagan ejercicio. La firma es de la escritora Coral Herrera, y el diagnóstico que la acompaña es más ambicioso: las mujeres no encuentran pareja porque los hombres no han aprendido a cuidarse ni a cuidar a nadie, y ese déficit forma una
brecha de cuidados que, dice, es en realidad un abismo. El texto, fechado el 27 de septiembre de 2023, no se queda en la higiene: reclama salud mental, expresión emocional sin daño, resolución de conflictos sin violencia y una revisión del machismo propio.
La tesis central es que
solo cambia quien siente que necesita cambiar. Ni el amor de una pareja ni la insistencia de una mujer convierten a nadie; la transformación llega cuando alguien toma conciencia de lo que la autora llama la dimensión política del amor. De ahí sale la conclusión que más incomoda: empeñarse en que el marido se comporte como un compañero desgasta muchísimo, así que mejor admitir que no es fácil encontrar con quién disfrutar del sexo y del amor en igualdad y en libertad.
Avanti, escribe al final, imparables.
Qué sostiene el texto sobre la brecha de cuidados
El argumento tiene una parte que casi nadie discute y otra que casi nadie le concede. La primera: existe un reparto desigual del trabajo de cuidar, y las mujeres llevan años haciendo cursos, leyendo, escuchando pódcast y yendo a terapia para aprender a quererse y a cuidar sus relaciones. La segunda: que ese esfuerzo haya mejorado la vida de las mujeres no implica que los hombres deban recorrer el mismo camino al mismo ritmo ni con el mismo manual.
Sobre esa base, el texto describe un
reparto asimétrico de la madurez: ellas se habrían puesto a curar sus heridas y sus traumas, ellos seguirían esperando a una figura maternal que ejerza de cocinera, psicóloga, secretaria y enfermera. La sentencia que cierra el razonamiento es difícil de rebatir en el fondo y fácil de ridiculizar en la forma: si los hombres no se quieren a sí mismos, ¿cómo van a querer a nadie?
La objeción más repetida no va contra el diagnóstico, sino contra el método. Un texto que pide autorresponsabilidad masculina y, al mismo tiempo,
exige que esa responsabilidad llegue en la forma y el plazo que otros han decidido tiene un problema de arranque. Si alguien no cumple los requisitos, lo barato es no elegirlo, no educarlo.
El mercado del amor: quién compite contra quién
Aquí el asunto abandona el terreno sentimental y entra en el económico, que es donde se vuelve incómodo. Un planteamiento recurrente sostiene que la comparación correcta no es entre hombres y mujeres, sino dentro de cada grupo:
la competencia real es entre personas del mismo sexo, y quien se mide contra el sexo opuesto usa la vara equivocada.
La consecuencia práctica, según esa lectura, es que exigir un compañero que cumpla veinte condiciones tiene una probabilidad de éxito bajísima si el mercado no ofrece ese producto. Y varias respuestas añaden un giro: quienes han aprendido a poner mínimos y a marcharse cuando no se cumplen no serían ellas, sino ellos. La idea de que las mujeres se han quedado solas educando mientras los hombres se han hecho los interesantes recorre las réplicas con más convicción que datos.
La propia autora utiliza el símil mercantil en otro texto, recogido en las respuestas, donde escribe que «los hombres aprenden pronto que pueden abusar de su poder porque el mercado del amor está lleno de mujeres deseosas de ser amadas». Si ese mercado existe tal y como se describe, no queda claro quién está condenado a quedarse fuera. Lo que sí queda claro es que esa cita inquieta más que el resto del artículo.
¿Es la inmadurez masculina biológica o educada?
Para una parte de las réplicas, la respuesta es biológica: la inmadurez masculina juvenil sería neuronal, con circuitos afectivos que no maduran al mismo ritmo en ambos sexos, lo que explicaría por qué ellos tardan más en regular lo que sienten. Si eso es cierto, el reproche del texto se complica: si madurar tiene un reloj biológico, pedir que los hombres se pongan las pilas sirve de poco.
Enfrente está la objeción obvia: llamar biología a lo que puede ser falta de práctica o de exigencia social. Y una tercera vía recuerda que la comparación con generaciones anteriores es tramposa: quienes hoy discuten sobre parejas precarias se casaban y tenían hijos con muchos menos años y mucha más estabilidad.
Lo que se pide no coincide con lo que se elige
El punto donde el texto y sus lectores se separan de verdad no es el diagnóstico, es la lista de la compra. Se responde con insistencia que la admiración funciona mejor que la reforma: una relación se sostiene cuando cada parte admira algo de la otra, no cuando una parte diseña un plan de mejora para la otra. Y que el filtro real, a la hora de elegir, es mucho menos discursivo que los requisitos escritos.
De ahí a la conclusión del propio texto hay un paso corto: mejor ser realista que vivir en una batalla permanente. La diferencia es de sentido. La autora lo plantea como una liberación —sigamos juntas el camino, ellos que se queden atrás si quieren— y buena parte de las réplicas lo lee como una rendición con vocabulario de manifiesto.
Los abuelos se casaban diez años antes que sus nietos y no hacían listas. La conversación sobre este texto lleva 889 días abierta y acumula 386 respuestas, y en todo ese tiempo nadie ha propuesto volver a aquello. Tampoco nadie ha explicado qué hacer con la lista.