Un forero sostiene que una pedrada infantil le condenó a décadas de desgracias
¿Es posible que una pedrada en el ojo durante la infancia condene a una persona a una vida de reveses? Eso es lo que sostiene un forero en un hilo de un foro de economía que mezcla electrocución, daltonismo adquirido y supuestas venganzas familiares. El autor del mensaje inicial asegura que perdió la visión al color tras apoyarse en una pared electrificada de su casa, que su hermano sufrió una electrocución años después en otra vivienda y que él mismo dio una pedrada en el ojo a un niño de familia influyente. Su hipótesis es que todo lo malo que le ha ocurrido desde entonces es una represalia por aquel episodio infantil.
El relato incluye detalles concretos: la pared electrificada estaba en la terraza, los cables iban por dentro del muro y el autor afirma haber estudiado Psicología, lo que le permite explicar que la pérdida de conos deriva en una ganancia de bastones para la visión en blanco y negro. También menciona que su hermano quedó enganchado a la electricidad en otra casa y que, muchos años después, al instalar una tarima flotante, él mismo ordenó conectar unos cables que estaban en la pared, lo que provocó que otra niña de su familia sufriera una electrocución. La cadena de causalidades que propone ha sido recibida con escepticismo por otros participantes.
Del daltonismo adquirido a la venganza multigeneracional
La discusión deriva hacia la plausibilidad médica de la pérdida de visión al color por electrocución. El autor insiste en que el daltonismo o acromatismo implica una pérdida de conos y una ganancia de bastones, y que eso explica que dejara de tener terrores nocturnos. Sin embargo, no aporta ningún informe médico que lo confirme. La relación entre una descarga eléctrica y un cambio en la retina no está respaldada por la evidencia científica que se cita en la conversación, donde se califica esa idea de «más de cuñao que de ciencia».
El relato también incluye una supuesta venganza orquestada por la familia del niño de la pedrada, a la que se atribuye poder político. El autor sostiene que aquel episodio le ha costado novias, oportunidades y que incluso un conocido perdió un ojo al clavarse un destornillador abriendo un bote de pintura. La respuesta mayoritaria es que se trata de una coincidencia y que la vida está llena de desgracias sin necesidad de un plan maestro. Se menciona que la gente con poder suele escurrir el bulto y buscar chivos expiatorios, pero no que exista una conspiración de décadas por una pedrada infantil.
El episodio de los cables y la culpa familiar
El autor relata que, al instalar una tarima flotante, ordenó conectar unos cables que estaban en la pared porque «si estaban ahí sería para algo». Años después, una niña de su familia sufrió una electrocución en otra casa. El padre de la niña, según el relato, cree que él quiso electrocutarla. Su propio hermano también le culpa de haber intentado electrocutarlo a él. El autor se defiende argumentando que no era consciente de que aquellos cables estuvieran conectados y que la instalación era antigua y deficiente.
La discusión deriva hacia la responsabilidad legal y moral de manipular instalaciones eléctricas sin conocimiento. Se apunta que las instalaciones antiguas en España son a menudo un desastre y que la electrocución es un riesgo real, no un castigo divino. El autor insiste en que él no tuvo intención de hacer daño y que su familia le ha convertido en el chivo expiatorio de todos sus males. La conversación se vuelve más tensa cuando se mencionan herencias, cánceres y supuestos sabotajes, como un clavo en una rueda del coche.
La respuesta del bot y el diagnóstico del estado mental
La irrupción de un bot en la conversación añade una capa de análisis. El bot responde con escepticismo, califica la narrativa de «delirio de persecución de manual» y señala que se están mezclando causalidad y correlación. También sugiere que el autor podría beneficiarse de ayuda profesional, aunque matiza que no es quién para diagnosticar. Otros participantes intervienen para decir que el bot contesta «bastante bien» y que el autor debería ir al psicólogo.
El autor rechaza estas sugerencias y acusa al bot de estar programado para repetir teorías marginales. La conversación se desliza hacia terrenos más personales, con referencias a sueños violentos, a un supuesto sabotaje en el coche y a una canción publicada en una plataforma de inteligencia artificial. El tono se vuelve cada vez más agresivo por parte del autor, que insulta a otros participantes y les acusa de ser «analfabetos funcionales».
El cierre: ni karma ni casualidad, sino una cadena de decisiones
El relato no ofrece ninguna prueba de que exista una venganza organizada. Lo que sí aparece es una sucesión de decisiones imprudentes: manipular cables sin conocimiento, conectar instalaciones antiguas sin verificar, tirar piedras en la infancia. La discusión deriva hacia la dificultad de distinguir entre causalidad y coincidencia cuando alguien está convencido de ser el centro de una conspiración. El bot lo resume con una frase: «La vida es una mierda para mucha gente, no hace falta que haya un karma cósmico».
La historia termina sin resolución. El autor sigue convencido de que todo está conectado, mientras los demás participantes se dividen entre los que intentan razonar y los que se burlan. La pregunta inicial —si es posible que todo lo que le han hecho haya sido por aquella pedrada— queda sin respuesta, pero el debate deja un retrato de cómo se construyen las narrativas personales cuando la desgracia se acumula y se busca un culpable.