¿Es inmoral ir a El Corte Inglés solo a por el aire acondicionado?
Con el termómetro por las nubes y la factura eléctrica en máximos, una pregunta divide a los españoles: ¿está bien usar los grandes almacenes como oasis climático gratuito? El debate trasciende el mero anecdotario y roza la economía del consumo, con posturas que van desde la tradición hasta la crítica más dura.
Por un lado, hay quien reivindica la costumbre de toda la vida: pasear por las jugueterías, sentarse en los bancos o incluso desayunar en la cafetería sin comprar nada. «El ECI de toda la vida ha tenido la etiqueta de refugio climático», recuerdan los nostálgicos, añorando el famoso choque térmico al entrar del callejón a un aire acondicionado a toda potencia. Una sensación que, según algunos, se ha convertido en leyenda urbana para los más jóvenes, que ya no conocen aquel apogeo de los años 80 y 90.
En el otro extremo, no falta quien lo califica de abuso: «esa empresa la mantenemos en parte con nuestros impuestos», se argumenta, sugiriendo que el uso gratuito del espacio climatizado es una carga pública encubierta. Además, la reciente política de permitir la entrada con perros ha multiplicado el número de paseantes sin intención de compra. «Mucha gente se sienta en los bancos a jugar al móvil», se queja un sector que ve en ello una forma de parasitismo social.
La nostalgia del choque térmico
El fenómeno no es nuevo. Durante décadas, los grandes almacenes fueron el único oasis con aire acondicionado accesible para todos. Hoy, con la ola de calor y los precios de la energía disparados, la práctica resurge con fuerza. Pero el contexto ha cambiado: El Corte Inglés ya no es el templo del consumo que era, y la línea entre el cliente y el mero visitante se ha difuminado.
Al final, el aire acondicionado de El Corte Inglés no enfría solo el ambiente, sino también la sarracena de una sociedad que debate entre la necesidad climática y el postureo. Mientras, los legos de la juguetería siguen siendo el mejor reclamo para entrar sin gastar un euro.