Elche o Alicante: quién gana la batalla del postureo urbano
Un paseo por el centro de Elche revela callejuelas peatonales, palmeras, un castillo y una céntrica Universidad Miguel Hernández que bien podrían pasar por un pueblo de la Toscana.
Pero el encanto se rompe al cruzar a los barrios periféricos, salpicados de polígonos y viviendas de clase trabajadora. La postal pija es selectiva: calles con toldos, sí, pero sin la continuidad que presume la competencia.
En Alicante, el eje Explanada-Puerto-Rambla ha certificado su transformación en un
escaparate de lujo homogéneo. Tiendas de marca, terrazas abarrotadas y una invasión constante de «mañacazos nórdicos» (expresión local para los turistas de alto poder adquisitivo) durante todo el año.
Aquí la pijería no se interrumpe con naves industriales.
Hay quien sostiene que Elche gana en autenticidad, pero pierde en continuidad; que Alicante ha vendido su alma al turismo premium. Otros creen que el pijo de tercera regional no merece ni el debate. Lo cierto es que, mientras el centro de Elche intenta parecerse a una ciudad jardín, Alicante ya ha plantado la bandera de la exclusividad a pie de puerto.
El dato que descoloca: mientras los nórdicos compran casas en el centro de Alicante, en Elche apenas se ven inversores extranjeros. La pregunta queda abierta.
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