El Everest mata más que las motos: los números de la alta montaña
El verano en el Pirineo aragonés dejó una estadística que incomoda: seis muertos solo en la provincia de Huesca. La temporada alta del Himalaya, por su parte, arrancó con cuatro cadáveres entre el Shisha Pangma y el Everest. Mientras las llamadas “motos asesinas” copan los titulares de seguridad vial, la alta montaña acumula una letalidad que, mirada con frialdad, no tiene equivalente en el asfalto: un 2,7% de los escaladores que descienden por las rutas estándar del Everest no regresan, y en el K2 la proporción alcanza una muerte por cada cuatro cimas logradas.
La comparación no es nueva, pero los datos la hacen incómoda. En la escala de riesgo por actividad, subir a un ochomil se acerca más a una ruleta rusa que a un deporte. Y aun así, el alpinismo de altura se sigue vendiendo como un producto más del turismo de aventura.
El 2,7% que nadie quiere ver
El estudio de referencia sobre mortalidad en el Everest, publicado en The BMJ, cubre las ascensiones entre 1921 y 2006. Sus conclusiones no admiten matices: la tasa de mortalidad durante los descensos por rutas estándar fue del 2,7% para los escaladores, frente al 0,4% para los sherpas. En términos de riesgo por evento, es una lotería macabra. Y si se aíslan solo quienes llegan a la cima, el dato empeora.
No hace falta irse al Himalaya para encontrar cifras que hielan. El K2, con sus 8.611 metros, acumula una muerte por cada cuatro ascensiones con éxito, una ratio que le ha valido el sobrenombre de “montaña salvaje”. La Annapurna, menos mediática, presenta un 41% de probabilidades de no volver. El Elbrús, la cumbre más alta de Europa, mata cada año a entre 15 y 30 personas pese a que su ruta normal parece un paseo. Hasta el volcán Marapi, en Indonesia, se llevó en una sola erupción a once alpinistas y dejó doce desaparecidos.
Del “Forrest Gumpismo” a la cola del Everest
El perfil del accidentado ha cambiado. Ya no es el alpinista de élite que asume un riesgo calculado; es el cuarentón o cincuentón que vive una crisis existencial y decide demostrarse algo. Un fenómeno que tiene nombre en el argot: “Forrest Gumpismo”, el escapismo individual que convierte la montaña en un gimnasio vertical para gente que debería estar en el sofá. El resultado es la imagen del Everest con más gente que el metro en hora punta, con atascos en la “zona de la muerte” a partir de 7.500 metros.
La democratización del alpinismo ha llevado a las agencias a vender cumbres como quien vende un viaje a Disneylandia. La consecuencia es previsible: sube el número de clientes, sube el número de rescatados y sube el de cadáveres que quedan colgados de una pared durante meses porque nadie asume el coste del rescate.
El riesgo no es individual: los sherpas pagan la factura
En la carretera, el motorista puede llevarse por delante a un tercero. En la montaña, se argumenta, el único que decide es el que sube. Es una falacia. Los sherpas que guían, aseguran cuerdas y cargan oxígeno tienen una mortalidad menor porque conocen el terreno, pero asumen el riesgo de otros: un caso reciente en el Makalu muestra a un escalador ruso que perdió todos los dedos de una mano después de que su sherpa lo abandonara a 30 horas de agonía. La denuncia por intento de homicidio ha abierto en Nepal una polémica incómoda sobre las condiciones laborales en el techo del mundo.
La industria del ochomilismo funciona con lógica de mercado puro: si hay demanda de cumbres, hay oferta de sherpas dispuestos a morir por un sueldo. El “señorito que no puede subir, que no suba” es la respuesta más seca, pero no resuelve el problema de fondo: mientras haya clientes, habrá cadáveres.
¿Regular o dejar hacer?
Hay quien sostiene que la montaña no necesita más regulación que el sentido común: cada uno es dueño de su riesgo y morir haciendo lo que te gusta no es la peor de las muertes. En el extremo contrario, los datos de mortalidad por evento convierten el alpinismo de altura en una actividad que ninguna aseguradora tocaría con pinzas, y que solo se sostiene porque los costes de rescate los paga el Estado. La pregunta incómoda es por qué una actividad con una letalidad así no genera ni la décima parte de la alarma social que generan las motos.
La última vuelta de tuerca la dio en agosto la avalancha del Broad Peak, que arrastró a diez montañeros, entre ellos la estrella del himalayismo Nirmal Purja. La búsqueda seguía abierta. La montaña no entiende de marcas ni de patrocinios.