Mundial 2030: sin dinero para una valla pero con millones para una fiesta
España no tiene presupuesto para la valla de Melilla y, sin embargo, asume una candidatura mundialista que costará miles de millones. La contradicción no es solo contable. Es la imagen de un país que proyecta a todo el planeta un evento de lujo mientras no termina de asegurar sus fronteras.
Hay quien sostiene que, si la propia integridad territorial está en cuestión, no existe garantía de seguridad para un campeonato global. En esa lectura, la renuncia anticipada sería la única salida digna. La comparación con otros escenarios de tensión internacional es inevitable: ningún país organizaría un Mundial con un conflicto abierto en su suelo.
La fiebre del fútbol tapa cualquier cálculo racional
La otra corriente recuerda que el fútbol es, para una parte importante de la población, un bien intocable. Tocar el Mundial equivale a tocar la religión popular. Por eso ningún partido con aspiraciones de gobierno plantea siquiera evaluar la retirada. La dignidad nacional puede esperar; el calendario electoral, no.
Entre medias, surge la opción intermedia: renegociar el reparto con Marruecos, ceder la final y quedarse con los partidos menores. Una solución de compromiso que satisface a pocos pero que evita el ridículo de una renuncia completa.
El dato que descoloca: el mismo argumento llamado «proyección internacional» es el que unos esgrimen para justificar el gasto y otros para pedir la retirada. Nadie explica cómo se sostiene una marca global con un país en estado de incertidumbre. La respuesta, como casi siempre, quedará aparcada hasta que sea demasiado tarde.