El vertiginoso avance de los móviles: ¿ciencia, alienígenas o una ingeniería de pega?
Hace 20 años no había apenas nada y hoy llevamos en el bolsillo ordenadores con potencia de ciencia ficción a precios ridículos. Para algunos, esa velocidad de desarrollo no es normal; suena a tecnología alienígena. Pero la explicación ortodoxa existe: Ley de Moore, transistores, semiconductores. El problema es que entre el relato oficial de la innovación imparable y la realidad del producto final hay un trecho lleno de binarios cerrados y obsolescencia programada.
La evolución que no fue tan repentina
Quienes defienden la normalidad del pogre señalan que el smartphone no nació con el iPhone. Las PDA con telefonía ya existían en 2004, con pantalla táctil, GPS, bluetooth y navegador. Lo que hizo Apple fue pulir la experiencia, no inventar la categoría. La potencia bruta se disparó gracias al MOSFET y a la inversión milmillonaria en semiconductores, una tendencia perfectamente documentada desde los años 50. En España, incluso se fabricaron chips de 1250 micras en Tres Cantos, equivalentes a un 286/386. El salto exponencial no es magia: es dinero, guerra y física de estado sólido.
Pero, según esta corriente, la innovación real se frenó hacia 2010-2011. Desde entonces, los móviles son vueltas de tuerca: mejores cámaras, pantallas de 120 Hz, baterías que siguen sin durar ni 24 horas con uso normal. La IA a cascoporro es el último intento de vender lo mismo con etiqueta nueva. Ya no hay nada que sorprenda al consumidor.
El lado oscuro del hardware cerrado
Ahí entra la tesis más incómoda: el desarrollo vertiginoso es real, pero está deliberadamente empaquetado en una caja zain. Para que el sistema operativo se entere de que el hardware existe, hacen falta archivos binarios (blobs) ofuscados que el fabricante entrega con cuentagotas. Sin ellos, no puedes cambiar de sistema ni entender qué hace realmente el chip. No es que no se pueda hacer un kernel limpio; es que no dejan. Es control de plataforma, puro y duro.
La tecnología militar estaría 50 años por delante de lo que se reconoce, y los smartphones serían la versión civil, capada. Mientras, las baterías siguen estancadas y la capacidad de las tarjetas SD se dosifica para venderte una mejor cada seis meses. Se llegó a lograr en laboratorio velocidades de 500 MB/s y terabytes en el tamaño de una uña, pero al mercado llega lo justo para mantener la rueda del consumo.
Guerra, poder y obsolescencia
El mayor impulsor de la tecnología es la guerra, y en ese contexto no hay reparos en meter dinero a saco. El transistor nació de la necesidad de manejar altas frecuencias en radares. Pero hoy, la tecnología móvil no es neutra: es un arma de control social y financiero. Los flujos de información masivos requieren dispositivos potentes y, al mismo tiempo, modelos de negocio basados en la vigilancia. De ahí que los dispositivos vengan capados y llenos de bloatware: no interesa que duren ni que sean abiertos.
La paradoja final es que ese hardware supuestamente alienígena, cuando intentas liberarlo, te encuentras con un muro de binarios cerrados. El milagro tecnológico existe, pero su gestión comercial lo convierte en una jaula de oro. El dato que descoloca: con un smartphone te tienen localizado en todo momento y lo saben todo de ti. Y no hace falta un implante; el androide eres tú.
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