Para donar órganos hay que estar muerto por ley, pero con el corazón latiendo
Para que un órgano sea aprovechable, el cuerpo del donante no puede estar frío. El corazón tiene que seguir bombeando sangre oxigenada. Eso solo ocurre en la llamada muerte cerebral: el cerebro ha dejado de funcionar por completo, pero el resto del cuerpo se mantiene vivo con soporte. De ahí la pregunta incómoda que recorre las consultas: ¿te sacan los órganos cuando todavía estás vivo?
La respuesta corta es que no, que legalmente estás muerto. La respuesta larga es más incómoda: la muerte decretada no equivale al cese instantáneo de toda actividad biológica. Y en esa brecha se instalan las teorías que ven en la donación una especie de faena en caliente.
Qué dice la ley española de trasplantes
En España rige el consentimiento presunto, establecido por la Ley 30/1979: toda persona fallecida se considera donante salvo que haya dejado constancia expresa de su oposición. No hay que apuntarse a nada: de serie, todos somos donantes. La revocación exige un trámite: solicitar el formulario de instrucciones previas en cualquier hospital, cumplimentar que no se dona nada y registrarlo.
La Organización Nacional de Trasplantes (ONT) completa la ley con un protocolo que incluye revisión del registro y entrevista a la familia. El matiz no calma a quienes ven en la presunción una imposición. Un dato descoloca: por cada órgano extraído, sostienen algunos, el médico que lo realiza gana dinero. Otros responden con números: una intervención de ocho horas se paga en torno a mil euros, una cifra que consideran modestia pura.
Muerte cerebral, el limbo que alimenta la sospecha
La muerte encefálica se diagnostica con electroencefalograma y eco doppler que confirma la ausencia de flujo sanguíneo al cerebro. No hay márgenes: el silencio eléctrico es medible. Pero la explicación clínica no disuelve la incomodidad. Hay quien sostiene que no existe forma de probar que el cerebro esté muerto y que el término solo sirve para justificar la extracción.
La comparación con el matadero es recurrente: a los animales hay que aturdirlos antes de sacrificarlos. El “aturdimiento” que se aplica al donante, dicen, tiene otro nombre: muerte cerebral. Las publicaciones que cuestionan el sistema citan el caso de Noelia Castillo, de 23 años, como ejemplo del estado de indefinición en el que se realizarían las extracciones. No hay sentencia ni confirmación oficial; la sospecha queda sobre la mesa.
La desconfianza no se disuelve con el protocolo
La frase más repetida en este contexto es de una ironía feroz: “Si algo aprendimos hace cinco años es que podemos fiarnos de los hospitales”. La pandemia dejó una herida que sigue supurando en forma de escepticismo hacia todo lo que ocurre detrás de una puerta de UCI. Un testimonio relataba el caso de un vecino de 100 años al que ingresaron por un ictus y le ofrecieron la opción de morir en casa. El hombre eligió su casa, se recuperó y cumplió 101. La moraleja que se extrae es directa: los hospitales, cuanto más lejos, mejor.
La sospecha se extiende al terreno económico y hasta al supermercado. Para ilustrar la obsesión por la frescura de los órganos, alguien comparaba un hígado humano con uno de vaca recién comprado: “Los quieren lo más frescos posible”. En esa frase cabe toda la crudeza del asunto: la donación exige un cuerpo recién desconectado, no un cadáver frío.
Queda la pregunta que el protocolo no responde: si el consentimiento es presunto, hasta qué punto es realmente consentimiento. El corazón del donante sigue latiendo mientras otro decide que ya no hay vida. Para la ley, es un muerto. Para los que desconfían, es la prueba de que el sistema quiere tu órgano antes de que tu cuerpo se entere.