El test de racismo que solo mide a los blancos y que casi todos suspenden
Un cuestionario diseñado por investigadores estadounidenses para medir el
racismo de la población blanca ha vuelto a circular con fuerza en los foros españoles. El resultado es casi unánime: quien lo responde con sinceridad sale retratado como racista, y quien lo responde con guasa presume de haber sacado un cien por cien. El test, bautizado por sus autores como escala de racismo general, socio-histórico y del extranjero perpetuo, parte de una premisa que muchos lectores discuten: que el racismo es una actitud exclusiva de los blancos hacia los no blancos. Con esa base, el cuestionario no mide si uno es racista, sino cuánto de culpable se siente por serlo.
Qué mide exactamente el test y por qué indigna a los que lo hacen
El instrumento, desarrollado por los investigadores Liang, Li y Kim, descompone el racismo en cuatro escalas: general, socio-histórica, del extranjero perpetuo y total. Las preguntas abordan desde los estereotipos raciales hasta la creencia de que los no blancos son menos avanzados que los blancos, pasando por la idea de que nunca llegarán a ser verdaderamente occidentales. Hasta aquí, la teoría. El problema llega cuando el lector español se topa con preguntas sobre acentos en la televisión estadounidense o sobre la representación de minorías en Hollywood, contextos que le quedan a años luz.
«El test me parece una mierda, pero no obstante…», resume uno de los primeros comentarios. Otro lo despacha en dos líneas:
«no he pasado de la segunda pregunta. Test para detectar si eres retrasado». La queja más repetida no es que el test sea difícil, sino que está diseñado para que cualquier respuesta te convierta en racista.
«Si las contestas con lógica eres un racista sí o sí», sostiene un participante que pone un ejemplo concreto: si el 95% de los no blancos que te has cruzado hablan mal el español, ¿cómo se supone que debes contestar a una pregunta sobre acentos?
El sesgo de origen: solo los blancos pueden ser racistas
La crítica más repetida apunta al diseño mismo del cuestionario.
«El test solo considera racistas a los blancos», resume un comentario que añade que cualquiera que haya viajado a Asia u Oriente Medio sabe que eso no es cierto. La acusación tiene base: el instrumento se apoya en los presupuestos de la teoría crítica de la raza, lo que, en palabras de otro participante, equivale a
«un test feminista basado en los postulados del feminismo radical interseccional».
El argumento se refuerza con ejemplos de racismo entre minorías.
«Los chinos que he conocido son mil veces más racistas que el hombre blanco estándar», afirma un comentario, que añade que muchos latinoamericanos son
«hiper racistas entre ellos». La conclusión que se extrae de varios mensajes es que el test no describe la realidad, sino que la encorseta en una única dirección: la culpa del hombre blanco.
Los resultados: del cero por ciento al pleno absoluto
Los resultados que comparten los participantes van del cachondeo a la reivindicación. Hay quien presume de un
cero por ciento en las cuatro escalas, hay quien se queda en un
52% y lamenta estar
«amariconándose», y hay quien directamente celebra haber alcanzado el
100% en todas las categorías. Un participante ironiza con que su resultado es el de quien
«encendía los motores de tanque de CO2 en Treblinka», y otro asegura que
«todavía puedo mejorar».
La broma recurrente es tratar el test como un videojuego:
«esos son números de principiante»,
«esos números hay que mejorarlos». Detrás del chiste hay una posición política: si el test te va a llamar racista de todos modos, mejor serlo con orgullo.
«Hay que reventar estos tests correctamente», sentencia un comentario que dice haber sacado un 83%, 100%, 100% y 94%.
La sospecha sobre el origen del cuestionario
El test procede, según varios mensajes, de la Universidad de Santa Bárbara, en California.
«Lleno de pijos y blanquitos adinerados, no ves un puto negro, moro o chicano ni de casualidad», critica un participante que añade que
«USA está jodida por los complejines que arrastran». La ironía es evidente: un instrumento diseñado para medir el racismo de los blancos sale de un entorno donde, según estas críticas, apenas hay diversidad real.
Otro mensaje apunta a un problema de fondo:
«Occidente no es una entidad homogénea». El ejemplo que pone es la colonización de Norteamérica frente a la española:
«los anglosajones arrasaron Norteamérica», mientras que
«los españoles nos emparejamos con las indígenas, formamos familias con ellas y los convertimos en españoles de pleno derecho». La conclusión es que el test mete en el mismo saco realidades históricas incompatibles.
La pregunta que el test no responde: ¿y los demás?
El debate deriva hacia una cuestión más amplia: si el racismo es universal, ¿por qué solo se mide en una dirección?
«Racista puede ser cualquier raza del mundo para con las demás», sostiene un comentario que compara la actitud con la de
«cada madre cree que su hijo es el más guapo». Otro participante propone que sería más interesante un test de xenofobia, porque
«en el fondo todo el mundo lo es, ya que es normal desconfiar de todo aquel que venga de fuera».
Hay quien va más allá y reivindica el racismo como forma de conservación:
«racista es ser conservador: conservar tu estirpe, tu sangre, tu fenotipo, tu medio ambiente, tu cultura, tu raza, tu lengua, tu pueblo, tu patria». Es la posición más extrema que aparece, y convive con otras que simplemente piden simetría:
«a los blancos no se les permite conservar su raza y su cultura», mientras que
«a eso tienen derecho todas las demás razas del mundo».
El test como síntoma de una época
Más allá del cuestionario concreto, varios mensajes apuntan a un fenómeno más amplio: la conversión del antirracismo en una prueba de lealtad ideológica.
«Hoy día si no le chupas la polla al inmigrante ya eres racista», resume un comentario. Otro recuerda un test de prejuicios que le hicieron en su empresa: la primera pregunta era
«¿te consideras una persona con prejuicios?» y era obligatorio responder que sí para poder continuar.
«Si te equivocabas, tenías que repetir la sección entera», cuenta.
La anécdota ilustra el mecanismo: el test no busca medir, busca confirmar.
«La finalidad del test no es obtener un resultado descriptivo», apunta un participante. El resultado, en la práctica, es que un cuestionario diseñado para detectar racismo acaba generando una competición por ver quién saca la puntuación más alta, como si fuera un logro.
«Me preocupa altamente ese 90%», escribe alguien entre la broma y la inquietud.
El test seguirá circulando. Y seguirá midiendo lo que mide: la disposición de cada uno a sentirse culpable. Con estos mimbres, la discusión sobre el racismo real —el que existe en todas las direcciones— se queda, una vez más, sin hacer.