La cesta de Cáritas cuesta 160 euros al mes y el debate sobre las ayudas se enciende
Un vídeo en el que una muyer muestra los productos que recibe de Cáritas y los describe como «mercado» ha reabierto la polémica sobre la ayuda alimentaria en España. La cesta, según el desglose que circula, asciende a 40 euros semanales, 160 al mes. El dato, sin embargo, es solo la punta del iceberg.
Qué contiene la cesta y cuánto cuesta
El desglose, partida a partida, incluye productos básicos: galletas María (1,35 euros), alubias blancas (1,80), tomate frito (0,95), atún en lata (3,20), harina (0,72), lentejas (2,00), azúcar (0,90), aceite de girasol (1,85), mermelada (1,45), leche entera (3,84), fideos (1,15), arroz (1,20), cacao soluble (4,50), garbanzos (2,20) y pañales (12,00). El total semanal: 40 euros. El mensual: 160.
La lista no es solo un inventario. Es el centro de un debate sobre la calidad. Hay quien sostiene que productos como las galletas María, el azúcar o la mermelada son «veneno» y que una progenitora no debería darlos hoy con la información disponible. En la acera de enfrente, se recuerda que muchas de esas cosas se comían hace cincuenta años y que mucha gente ha perecid de 90 y 100 años. También hay quien ironiza: «Legumbres, leche, atún... es verdad que esta semana no han puesto latitas de caviar o magret de hígado de pato».
Un detalle que no suele contarse: hervir garbanzos a dos euros el litro de gasolina tiene un coste energético que encarece el valor real de la cesta. La ayuda alimentaria no es solo lo que hay en la bolsa, también lo que cuesta prepararlo.
El acceso a las ayudas: ¿carnet de pobre?
El acceso a Cáritas, según se describe, no es automático. Una trabajadora social o un voluntario realiza una entrevista para verificar la situación de pobreza. Se piden extractos de banco o la tarjeta del paro. A cambio, se entrega un carnet de pobre con el que se puede ir a recoger comida. Hay quien lo llama «profesionalización de la pobreza»: el pobre ejerce como tal y tiene su carnet.
La sospecha de embeleco planea sobre el sistema. Se argumenta que si se trabaja en zain y en cash, se puede ir en un BMW a recoger la comida sin que nadie lo impida. También se señala que, sin la intermediación de la asistenta social, no hay atención. El control, en teoría, existe; en la práctica, se considera permeable.
El efecto llamada y el coste del sistema
El debate trasciende la cesta. Se argumenta que las ayudas no se limitan a la comida: RBU, IMV, bono social térmico, ayuda al alquiler, comedor, libros, material escolar, nacionalidad a los dos años y pensión no contributiva. La suma, según esta corriente, crea un incentivo a la llegada y a la permanencia. Es el llamado efecto llamada.
La reacción no se hace esperar. Algunos contribuyentes deciden dejar de marcar la casilla de la Iglesia en la declaración de la renta, o no comprar productos de la Cruz Roja, como protesta. Otros, más pragmáticos, señalan que «de bien nacidos es ser agradecidos» y que al menos la protagonista del vídeo debería dar las gracias. El problema, dicen, es que el vídeo provoca efecto llamada.
La polémica, en cualquier caso, no se cierra. La cesta de Cáritas es un reflejo de un sistema de ayudas que muchos consideran necesario y otros, ineficiente. Mientras tanto, el coste de la cesta básica sigue subiendo y la pregunta de fondo permanece: ¿hasta qué punto la ayuda alimentaria debe ser un derecho o un último recurso? La respuesta, probablemente, no la dará un vídeo.