Los Goya, entre el vestuario, la subvención y la audiencia
Una gala que lleva el apellido del pintor que retrató a la corte y al pueblo con la misma crudeza genera más discusión por los trajes que por las películas. La conversación sobre los Premios Goya que recoge este análisis arranca en la edición de
2020 y se prolonga hasta la de
2024: un arco de varios años en los que el foco se desplaza del talento al presupuesto y del presupuesto a la estética de quien desfila por la alfombra. De fondo, una pregunta incómoda: si Goya se jugó el tipo pintando contra el poder, qué hace su nombre en una ceremonia que muchos leen como parte del sistema.
El vestuario como campo de batalla
Buena parte de los mensajes no discute películas: discute ropa. Los asistentes se describen con comparaciones que oscilan entre una familia de terror y el carnaval, y el criterio dominante es el disfraz. Alguien pregunta directamente si ha empezado ya el carnaval; otro resume la ceremonia como una clase de parvulario en la que cada uno vino disfrazado de casa. La crítica no se queda en el atuendo: entra en el físico, la edad y la complexión de quien lo lleva, con calificativos que no corresponde reproducir y que van bastante más allá de la revista de moda.
Hay un detalle que ilustra hasta qué punto el asunto es estético y no cinematográfico. Uno de los reproches más repetidos no es que un actor actúe mal, sino que un pantalón marrón no respeta el patrón de confección del talle femenino. Se salvan nombres con cuentagotas:
Belén Rueda aparece citada como lo único decente de la noche. El resto, para una parte de los mensajes, es pretenciosidad a todos los niveles. La ironía más amarga la firma quien señala que Goya estaría orgulloso de ver su apellido en semejante cartel.
¿Por qué se dice que la gala vive de la subvención?
Porque se sostiene que las películas que se premian se financian con fondos públicos y que su recaudación no cubre ni de lejos el coste: hay quien cifra el desfase en que cuestan diez veces más de lo que ingresan. La fórmula que más se repite es corta y muy pegadiza:
no es magia, son tus impuestos. De ahí salta la acusación, repetida sin matices, de que la gala funciona como circuito cerrado que se retroalimenta con dinero de todos.
No todo el mundo firma ese relato. La réplica más habitual señala el doble rasero: el desprecio que se vuelca sobre el cine español se perdona cuando el producto llega de fuera, y se acusa a quien critica de ir de patriota por conveniencia. Es la tensión de fondo. Unos ven un sector protegido que no compite; otros, una industria pequeña ahogada por la comparación con Hollywood. En medio queda un hecho que nadie discute y que tampoco resuelve nada: el nombre de Goya en el cartel no paga las facturas.
¿Por qué cae la audiencia de los Goya?
Porque, según el balance que se maneja, la edición posterior a la pandemia perdió más de un millón de espectadores y la curva no se ha recuperado. La lectura sitúa el golpe en esos años y describe después una caída lenta, bajando de cien mil en cien mil. La televisión generalista, sostiene una de las lecturas más citadas, vive ahí el principio del fin como medio de masas.
La cifra se acompaña de una sospecha que conviene tratar como lo que es: una afirmación que circula sin respaldo. Se llega a hablar de
5.720 audímetros en toda España, un dato atribuido a la empresa que mide las audiencias,
Kantar Media, y de fraude en la medición. Ni está verificado ni deja de repetirse. Lo comprobable es la consecuencia: una ceremonia que se quiere masiva y que reúne cada año a menos gente delante del televisor.
De la alfombra a la política
El cuarto eje es político y tiene protagonista con nombre. En la edición de 2020, el director
Eduardo Casanova defendió la importancia de hacer
cultura antifascista «en este momento y en todos». La frase se convirtió en el ejemplo perfecto para quienes sostienen que la gala funciona como comisariado y no como fiesta del cine. La acusación se repite: no habría oposición entre creadores, solo correas de transmisión de una única línea.
Ese marco se refuerza cuando la ceremonia coincide en 2024 con la protesta agraria y las tractoradas se plantean como telón de fondo del evento. Para una parte de los mensajes, el contraste entre el campo en la calle y la alfombra es la foto del año; para otra, mezclar una gala con la agenda política es exactamente el problema. Y por debajo late la réplica histórica: Goya arriesgó pintando lo que no convenía; estos, dicen, son herramientas del poder que premian.
Quién va, quién no y el pacto de los grandes
Hay una pregunta que reaparece cada edición: por qué falta tal o cual rostro. La ausencia de algunos nombres habituales en 2024 se comenta medio en broma, medio en serio, con la sospecha de que el escaparate ya lo ocupan otros. El vacío no se explica, solo se constata, y cada edición deja un hueco distinto en la foto.
Menos dudas genera el ritual entre
Antonio Banderas y
Javier Bardem. Una de las lecturas más repetidas ironiza con su intercambio público de elogios: dos grandes que se felicitan en la alfombra y compiten fuera de ella, según esa versión. La hipótesis no es un dato, pero explica por qué la gala interesa más como ecosistema que como reparto de premios.
El nombre de Goya, en disputa
Queda la paradoja de la que casi nadie sale bien. Unos reprochan que la ceremonia se haya convertido en escaparate de consignas; otros, que se juzgue una gala por los trajes y no por el cine. Mientras tanto, los premios siguen repartiendo estatuillas con el apellido de un pintor que no pidió permiso a nadie para retratar a su época sin embellecerla.
Con ese cruce de reproches, la pregunta abierta ya no es quién ganó. Es si una ceremonia que se define por lo que viste, lo que cuesta y lo que reivindica sigue hablando de cultura, o si habla sobre todo de quién paga la fiesta.