Las mismas caras, el mismo hartazgo: ¿qué está pasando en la televisión?
Imagina que enciendes la tele cualquier noche. Cambias de canal y allí está otra vez el mismo tertuliano sonriente, la misma 'merchera' promocionando su libro, el mismo exconcursante de reality. No es casualidad, no es una impresión: hay quien sostiene que existe un acuerdo tácito –o incluso contractual– que obliga a las cadenas a rotar a un puñado de rostros cada semana.
El malestar televisivo se generaliza
La conversación pública lleva tiempo quejándose de la baja calidad de la parrilla. Pero un sector del análisis va más allá: señala que la repetición de figuras como Gonzalo Miró o la llamada 'merchera Santaolalla' no responde solo a la falta de ideas, sino a un sistema de cuotas. La pregunta que flota en el ambiente: ¿hay un contrato por el que estos personajes deben aparecer un número mínimo de minutos a la semana para que el medio pueda emitir? La sospecha no tiene confirmación oficial, pero el patrón es evidente.
El coste oculto de la programación low cost
Detrás de esa sensación de déjà vu hay una economía de la televisión que prioriza el mínimo esfuerzo. Pagar a un mismo rostro para múltiples programas sale más barato que buscar nuevos talentos. El resultado: una oferta homogénea que, según los críticos, atrofia el debate público. Y el espectador, harto, apaga el aparato –o, como se ha dicho, lo tira por la ventana.
El dato que descoloca: algunos calculan que la presencia semanal de estos tertulianos supera las dos horas de emisión en distintas cadenas. Un récord que ni los presentadores estrella de los 90 alcanzaban. Y mientras, el ciudadano medio sigue preguntándose si alguien, en algún despacho, firmó ese pacto de permanencia.