¿Se han vuelto las mujeres el colectivo más mimado de la historia?
Un reciente debate en círculos económicos ha reabierto la pregunta incómoda: ¿hasta qué punto la condescendencia hacia las mujeres –disfrazada de igualdad– está distorsionando el mercado laboral y la economía real? No se trata de negar avances, sino de mirar los datos sin filtros.
Según datos del sector turístico, las mujeres representan el 64% de los viajeros globales y toman hasta el 80% de las decisiones de viaje familiares. En redes sociales, ellas dominan plataformas relacionales como Instagram o Pinterest, mientras los hombres se inclinan por YouTube o Twitter, más orientados a información y estatus. ¿Son estos perfiles reflejo de preferencias genuinas o de una estructura que los incentiva?
El espejismo del empoderamiento laboral
En el ámbito profesional, el relato oficial insiste en que el techo de cristal se resquebraja. Sin embargo, un vistazo a las cúpulas empresariales muestra que la presencia femenina en puestos de alta dirección sigue siendo minoritaria. Se argumenta que parte del problema es que muchas mujeres optan por carreras del sector servicios o público –donde el Estado garantiza estabilidad– mientras las áreas técnicas, industriales y de alta innovación siguen dominadas por hombres. No es un juicio de valor, sino una constatación: las profesiones que mueven el mundo (construcción, electricidad, fontanería, transporte, agroindustria) tienen una presencia femenina marginal. Y esto importa porque son justamente esos oficios los que la IA no puede reemplazar a corto plazo.
Por otro lado, hay quien sostiene que el trato condescendiente –desde las cuotas hasta los discursos aduladores de líderes mundiales– genera una burbuja de autopercepción que no se corresponde con la realidad productiva. La pregunta es si esa burbuja es sostenible. Hay una corriente de análisis que apunta a que los países con mayor presencia femenina en posiciones de poder tienden a acumular más deuda pública, aunque la causalidad no está probada. El escepticismo también se cierne sobre las políticas de acción positiva: ¿son herramientas de compensación o una forma de paternalismo estatal?
El coste de la condescendencia
No es fácil separar la condescendencia de la protección legítima. Pero cuando una legislación laboral trata a la mujer como un colectivo vulnerable que necesita privilegios especiales, se corre el riesgo de infantilizarla y, de paso, de generar resentimiento entre los hombres que ven cómo sus problemas (salud mental, suicidio, siniestralidad laboral) quedan sistemáticamente invisibilizados. El resultado es una sociedad más polarizada y, económicamente, menos eficiente.
La discusión no tiene una respuesta fácil. Aceptar que existe condescendencia no implica negar que persistan desigualdades reales. Pero ignorar cómo el tratamiento preferencial distorsiona los incentivos individuales y colectivos es condenarse a repetir los errores. El debate queda abierto, como el agujero en la balanza de pagos de una economía que aún no sabe cómo cuadrar sus cuentas.