España lidera el crecimiento europeo gracias a la inmigración
Un aeropuerto español embargado en Londres por orden cautelar de la justicia británica. Un récord de recaudación fiscal de casi 50.000 millones de euros en un solo mes. Y una prensa extranjera señalando a España como líder de crecimiento en Europa. Las tres cosas conviven en el mismo ejercicio, y ahí está la historia. El rotativo británico pone el foco en dos motores: un turismo en resurgimiento y la llegada de inmigrantes procedentes de países como Colombia, Venezuela y Marruecos. La letra pequeña del mismo texto admite que el nivel de vida no ha seguido ese ritmo.
Qué dice exactamente el artículo británico
El texto recoge el análisis de
Adrian Prettejohn, economista para Europa de Capital Economics, que atribuye buena parte del impulso a la inmigración. La industria turística, en plena recuperación, aparece como el otro gran sostén. No es una lectura marginal: la firma que la sostiene es una consultora de referencia entre inversores institucionales.
El problema aparece al final. El propio artículo avisa de que «persisten dudas sobre si este fuerte crecimiento podrá perdurar». Y añade que los economistas señalan que
el nivel de vida no ha logrado seguir el ritmo de la economía, con una amenaza demográfica añadida —el envejecimiento de la población— y una productividad baja. Titular eufórico arriba, cautela en el párrafo veinte.
Turismo, inmigración y un PIB que engorda con la población
El mecanismo es sencillo cuando se mira sin adornos. Si entra población a un ritmo elevado, entra consumo: comida, alquiler, transporte, colegio, móvil. Todo eso suma en el PIB. El resultado agregado sube casi por aritmética, sin que haga falta que la economía sea más productiva. Una parte de los análisis lo formula sin rodeos: con el volumen de llegadas actual, lo raro sería que el PIB total cayera.
Se argumenta también que España se apoya en un modelo de bajo valor añadido —temporada alta, márgenes finos— donde la mano de obra abundante presiona los salarios a la baja. Mientras no haya una crisis global que se lleve por delante al turista alemán o francés, la rueda gira. Cuando la hubo, la factura fue mayor aquí que en casi ningún sitio.
PIB total contra PIB per cápita: la brecha que el titular esconde
La distinción que se repite es la clave:
la mayoría de los titulares hablan de PIB total, no de PIB per cápita. Un país puede crecer en agregado y empobrecerse por habitante si el denominador —la población— aumenta más rápido que el numerador. La renta disponible, el acceso a servicios públicos o el coste de la vida no siguen el mismo vector que la cifra macro.
Hay una comparación contable que circula para explicarlo. Si antes se vendía por 10 y se compraba a 8, el beneficio era 2. Si ahora se factura 20 pero se compra a 22, el resultado es una pérdida de 2. Facturar el doble no es ganar el doble. Aplicado a una economía entera, el PIB mide volumen de actividad, no bienestar ni rentabilidad.
Los otros números del mismo ejercicio
Si el crecimiento es tan vigoroso, conviene mirar los márgenes del cuadro. Las cifras divulgadas en paralelo apuntan en dirección contraria. El mercado laboral destruyó casi 10.000 empleos en plena temporada turística, el peor mes de julio en dos décadas. El paro juvenil roza ya el
27%. La balanza comercial, medida con datos europeos, deja a España entre los peores socios. Y la deuda bajo el protocolo de déficit excesivo superó el
90% en los primeros seis meses.
A eso se suma un episodio insólito: la justicia británica autorizó el embargo cautelar del usufructo que Aena tiene sobre su aeropuerto en Londres, por los impagos derivados de los laudos de las renovables. Un pleito internacional que acaba tocando infraestructura pública.
También hay un dato de gestión que incomoda: el crecimiento del tercer trimestre de 2024 fue del 0,83%, y más de la mitad —el
56%— se explica por el aumento del consumo público. Es decir, por gasto del Estado. No por exportaciones, ni por inversión privada, ni por productividad.
Impuestos, gasto público y el goteo de inversiones fuera
El otro frente abierto es fiscal. Dos compañías energéticas han dejado en suspenso sus inversiones en España y han dado prioridad a otros países, según las informaciones publicadas, por el impuesto extraordinario al sector. Tres grandes bancos aparecen señalados en esos mismos análisis con un riesgo de perder hasta el 22% de su valor por el llamado impuestazo. Y en el sector energético se llega a cifrar en el 65% del beneficio lo que una empresa paga en
impuestos.
Al mismo tiempo, Hacienda recaudó cerca de 50.000 millones en octubre. La ayuda al exterior creció un 235,9% entre 2018 y 2023, por encima de 1.750 millones. Los fondos europeos siguen bajo la lupa de Bruselas por una ejecución más lenta de lo previsto. Incluso las ayudas privadas pasan por caja: las que una cadena de supermercados destinó a sus empleados afectados por la DANA quedan sujetas a tributación, según se ha divulgado. La pregunta de fondo es si el motor aguanta cuando el grifo público deje de bombear.
Con el PIB creciendo un 0,83% y más de la mitad de ese avance explicado por el consumo del Estado, el debate ya no es si España crece. Es a qué precio y para quién. El dato que descoloca no está en el titular: está en el penúltimo párrafo.