El plan ruso para la invasión de Ucrania medía días, no meses
El asalto al aeródromo de
Hostomel, a las puertas de Kiev, fue la primera pieza de un guion que se rompió en horas. La idea de fondo que describe el hilo —repetir el modelo aplicado en Checoslovaquia, Hungría o Afganistán— era saltar sobre la capital, tomar el poder central y colocar un gobierno afín antes de que nadie reaccionara. La
invasión de Ucrania se diseñó, según esa lectura, como una operación de días. Cuando esa pieza falló, el resto dejó de encajar.
Las retiradas que delatan un plan pensado para durar poco
La lista de repliegues dibuja el fracaso de esa apuesta. Kiev. Chernihiv. La isla de las Serpientes. Járkov. Jersón.
Más de la mitad del Donbás esfumado después de haberlo dado por controlado. Rusia no ha podido siquiera acercarse a Odesa. Ninguno de esos movimientos encaja con un ejército que hubiera planificado una guerra larga, y sí con una fuerza que organizó su logística para una campaña corta: los problemas de suministro aparecieron exactamente cuando el calendario se estiró.
Hay quien sostiene que la clave se decidió en Hostomel. El desastre ruso en el aeródromo
impidió la toma de Kiev y, desde entonces, el cambio de régimen se convirtió en una quimera. Otros matizan que la inteligencia rusa conocía las grandes concentraciones de tropas ucranianas en el Donbás y que nadie sensato planificó conquistar con un par de comandos una ciudad de millones de habitantes. Lo que se repite es que el corredor terrestre entre Crimea y el Donbás sí acabó bajo control ruso.
¿Por qué una operación especial acabó necesitando una movilización?
Ese es el punto que más chirría. Una acción presentada como limitada y quirúrgica no convoca a filas a los reservistas. La
movilización parcial llegó cuando el calendario ya estaba roto y el desgaste resultaba irreversible. Un participante sostiene que el término evitaba deliberadamente la palabra guerra porque el asunto nunca quiso concebirse como tal. Para otros, ese vocabulario es la prueba de que estaba pensada para durar días: cuando dejó de durar días, hubo que improvisar.
Para un participante, el vocabulario oficial se ha movido más que el frente: Rusia ha cambiado sus objetivos declarados al menos tres veces desde el inicio de la guerra y, a la fecha de esta discusión, no hay una vía de salida definida. En su lectura, para detener la guerra Rusia tendría que ofrecer a Ucrania algo que esta no pueda rechazar, y lo único que hoy podría ofrecerle es devolver todo lo conquistado desde 2014.
El error de cálculo: la fuerza propia y la determinación ajena
Para un participante, dos fallos de estimación explican casi todo. El primero, sobreestimar la propia capacidad militar y logística. El segundo, subestimar la determinación de la OTAN a la hora de sostener a Ucrania. Bajo ese análisis, Rusia no se enfrenta solo a su vecino: se enfrenta a un bloque con
recursos y material muy superiores. La asfixia económica, la falta de repuestos y la dependencia de suministros externos han pesado tanto como los combates.
Ese error tenía raíces más profundas, según otra intervención. Durante años, la propaganda militar se vendió a sí misma un arsenal que nunca existió tal cual: misiles supuestamente hipersónicos, blindados de nueva generación, aviones de última hornada. La maquinaria de la
maskirovska informativa acabó convenciendo a quien la fabricaba. El problema de creerse tus propias mentiras es que no te preparas para el escenario en el que resultan falsas.
La burbuja del poder y la falta de contrapesos
Hay una lectura política que va más allá de lo militar. En un sistema sin contrapoder real, la información que llega arriba se deforma por el camino, según los participantes que defienden esa tesis. Quien tiene algo que decir lo dice en la dirección que el jefe quiere oír, porque así se hacen mejores negocios. El resultado es un diagnóstico del enemigo y de la propia fuerza construido sobre datos complacientes.
En ese marco, la decisión se tomó arriba y se ejecutó sin discusión. Quienes la llevaron a cabo podían tener ideas muy distintas sobre lo que había que hacer, pero, como resume un participante, en ese sistema se obedece y se calla. La pregunta ya no es qué pensaban los mandos, sino cuánto margen real tenían para decir en voz alta que el plan no se sostenía.
Cómo termina una guerra que no se sabe ganar
El nudo sigue sin deshacerse. La primera opción era una toma rápida al estilo de Checoslovaquia, Hungría o Afganistán. Al fallar, se pasó a una
guerra de desgaste para la que no había preparación ni cálculo. Y ahora, con el frente estabilizado a la fuerza y la economía tensionada, la incógnita es cuánto aguanta el país antes de que el coste social pese más que el propio conflicto.
El detalle que descoloca no viene del frente. Un participante, citando un reportaje de la revista
Time tras dos semanas junto a Zelenski en el recinto presidencial de la calle Bankova, sostiene que un grupo de comandos habría intentado asesinarle en las primeras jornadas. Ese dato, si se sostiene, encajaría con lo demás: el plan no era ganar una guerra, era decapitar un régimen antes de que hubiera guerra que ganar.