Falange se rejuvenece con jóvenes pero se divide en dos almas
Los falangistas eran ese grupúsculo de viejos nostálgicos que aún cantaban el «Cara al Sol» en bodas y entierros. Pero algo ha cambiado. En los últimos meses, la organización ha captado a decenas de jóvenes universitarios, especialmente en la Facultad de Derecho de la Complutense, y ha empezado a protagonizar actos públicos que han llamado la atención de la policía. El 26 de marzo de 2026, agentes detuvieron a 13 personas vinculadas a la Falange por intentar boicotear una manifestación del 8-M en el campus. El perfil de los arrestados —veinteañeros, algunos con pasamontañas— confirmó que la base del movimiento ya no son solo los veteranos de la División Azul.
La brecha entre «hispanidad» y sangre
El rejuvenecimiento no oculta una fractura ideológica interna. Por un lado, una corriente que llama la atención por su discurso integrador: «Consideramos igualmente español y nos sentimos identificados con aquellos que aman, trabajan y sienten a España, lleven sus familias aquí desde la Edad Media o acaben de llegar». Esta postura, que algunos califican de hispanchista o neofalangista, choca con el ala más ortodoxa, para quien «si no hay raza, no hay nación». «La sangre es lo único importante», sostienen los radicales, que ven en el universalismo católico y en la mezcla racial un enemigo. La convivencia de ambas visiones en un mismo partido genera tensiones que los líderes históricos, como Norberto Pedro Pico Sanabria (conocido como «Norberto»), no parecen capaces de gestionar.
Dos temas que movilizan: vivienda e inmigración
Los jóvenes falangistas han identificado dos caballos de batalla que les permiten conectar con el malestar social: el problema de la vivienda y la inmigración descontrolada. «La Falange es el único partido en España que en su momento resolvió el primero», se lee en los análisis internos, en referencia a la política de vivienda del franquismo. La crisis habitacional actual, con precios disparados, les da un argumento que otras fuerzas de derecha no explotan con la misma contundencia. En cuanto a la inmigración, el discurso oscila entre un rechazo frontal a la «sustitución» y una defensa de la «hispanidad» que acoge a quien se integre. El resultado es un mensaje populista que encuentra eco en sectores desencantados tanto con Vox como con el PP.
El riesgo de la violencia callejera
La detención de los 13 en la Complutense no fue un incidente aislado. En las semanas previas, grupos falangistas habían participado en enfrentamientos con colectivos antifascistas en Lavapiés y otras zonas de Madrid. La delegación del gobierno no autorizó una concentración en la plaza de Lavapiés —«ahí ya no quedarán españoles», ironizaban—, pero los jóvenes se manifestaron igual, desafiando a las fuerzas de seguridad. Este activismo callejero, que recuerda a los métodos de Bastión Frontal o Combat España, combina el uso de redes sociales con acciones directas. El problema es que la deriva violenta puede acabar ilegalizando a la organización si sigue sumando episodios como el del 8-M.
Por ahora, la Falange sigue siendo minoritaria —«cuatro gatos», como dice el refrán—, pero su capacidad de atraer a jóvenes sin lastres históricos y su apuesta por temas concretos la convierten en un fenómeno que merece seguimiento. Mientras no resuelva su contradicción interna entre el «todos hijos de Dios» y el «sangre y nación», su futuro será incierto. Pero el dato está ahí: ya no son solo viejos.
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