La cesta de la compra se dispara un 36% más que en Europa
En plena campaña navideña con récords de reservas en restaurantes, más de la mitad de los hogares españoles admite haber recortado el consumo de carne y pescado. Esa es la paradoja que atraviesa la economía española a finales de 2023: la imagen de las mesas llenas convive con un kilo de azúcar que ha pasado de 65 céntimos a 1,45 euros y con una cesta que sube un 36% más que la media europea. La distancia entre el titular macro y el día a día del supermercado es, probablemente, la cuestión económica más incómoda del momento.
La letra pequeña del IPC
Mientras el IPC interanual marcaba un 4%, los precios de los alimentos se comportaban mucho peor que el conjunto de la economía. Según los datos que circulaban a finales de 2023, los hogares españoles afrontaban la mayor subida de alimentos de toda Europa: un 36% por encima del promedio comunitario. La cifra explica lo que cualquier consumidor comprueba al pasar por caja: no es lo mismo una media oficial que el ticket real de la compra.
El azúcar es el caso de libro. En 2020 costaba 65 céntimos el kilo. A principios de la escalada se situaba en 1,35 euros. Después superó los 1,45 euros. Y no es un producto de lujo: es la base de media industria alimentaria. Cuando sube el azúcar, sube todo lo que lo lleva, que es casi todo.
Los hogares aprietan el cinturón
La consecuencia más tangible la retrató un estudio de Triodos Bank: el 55,2% de los españoles reconoce haber reducido el consumo de pescado y el 50,2% el de carne. Son porcentajes difíciles de rebatir. Y detrás no hay una ola de conciencia ecológica, sino la dura aritmética de la cesta.
Hay quien insiste en que la foto tiene otra lectura: las reservas navideñas en restaurantes batían récords, con un aumento esperado del 12% respecto a 2022. La hostelería de ciudades como Madrid preparaba la mejor campaña de su historia. Pero eso no contradice el recorte; lo complementa. Quien come en restaurantes no es necesariamente quien compra en el súper.
El fantasma del racionamiento y los impuestos agrícolas
La presidenta del BCE, Christine Lagarde, añadió leña al fuego al abrir la puerta a medidas excepcionales como el racionamiento de alimentos si persisten las tensiones en los mercados energéticos y de materias primas. No fue una promesa, pero su simple mención ante la Asociación de Bancos Alemanes puso sobre la mesa un escenario que hasta hace poco parecía ciencia ficción.
En paralelo, el Gobierno de Sánchez aplicó una revisión al alza del valor catastral de los terrenos agrícolas, lo que duplica la presión fiscal sobre los agricultores. La medida, que llegó sin previo aviso, disparó las quejas del sector. Y en un contexto de costes al alza, el impuesto se traslada directo al precio final. Como guinda, ASAJA organizó una jornada sobre proteína de insectos cofinanciada por la UE y el Ministerio de Agricultura: el síntoma más claro de que la parte oficial ya se prepara para escenarios incómodos.
Una economía a dos velocidades
La cuestión de fondo va más allá de la anécdota del azúcar. Hay quien pone el acento en décadas de un modelo productivo que lidera el desempleo de la OCDE y recorta la capacidad de negociación de los trabajadores. Otros señalan la política monetaria y fiscal. Un tercer bloque prefiere no hablar de causas y describe la realidad: los salarios no dan para sostener la cesta.
Lo notable es que las cifras de consumo y las cifras de restauración convivan en el mismo país sin tocarse. La España que reserva mesa para Nochevieja y la España que decide cuántos filetes compra esta semana habitan el mismo territorio, pero no la misma economía.
¿Cuánto tiempo puede durar un modelo que presume de récords en los restaurantes mientras uno de cada dos hogares hace cuentas para llegar a fin de mes?