Apellidos árabes en España: mito y realidad histórica
Afirmar que en España no hay apellidos de origen árabe es tan rotundo como ignorar siglos de historia compartida. Pero sostener que la mayoría de los apellidos españoles tienen raíces árabes es igual de falso. La discusión sobre los apellidos andalusíes se ha reabierto con fuerza, y los datos históricos y genéticos ofrecen un cuadro más matizado que cualquier extremo.
Los patronímicos mayoritarios —Fernández, González, Rodríguez, Martínez o Hernández— proceden de raíces germánicas y latinas, transmitidas durante generaciones. El peso del árabe en la onomástica española es minoritario y, salvo excepciones, se concentra en apellidos toponímicos. Es decir, derivados de lugares: Almodóvar (del árabe al-mudawwar, 'el redondo'), Alhama (de al-hamma, 'baño termal'), o la propia Medina (al-madina, 'la ciudad'). Curiosamente, muchos caballeros cristianos adoptaron estos topónimos como apellido durante la Reconquista, no como marca de ascendencia musulmana, sino como símbolo de conquista y posesión.
En Valencia, apellidos como Bernácer, Cháfer, Nácher o Reduán son relativamente comunes y tienen raíces árabes o moriscas. En Baleares, la concentración de estos apellidos es aún mayor: Bennàsar, Maimó, Masot o Gamundí se asocian con la repoblación de esclavos musulmanes que la Corona de Aragón introdujo en Mallorca tras la conquista. Un caso paradigmático es el del rey de la taifa de Murcia, Muhammad ibn Mardanis, cuyo apellido se castellanizó directamente como «Martínez».
Los estudios genéticos añaden otra capa: el ADN norteafricano en la población española actual ronda el 5%, con mayor presencia en Galicia y Portugal, fruto de migraciones y exilios posteriores a la Reconquista. Los haplogrupos paternos atribuidos a poblaciones árabes son, en muchos casos, muy anteriores a la expansión del sarracin, lo que complica aún más la relación entre apellido y linaje.
En el lado opuesto, apellidos como Segarro, Matador o Verdugo surgieron como insultos o señas de identidad cristiano-vieja durante la limpieza de sangre. La propia dinastía Banu Qasi —los descendientes de Casio— tiene un origen que algunos historiadores remontan a una familia patricia hispanorromana, no a árabes. La línea se vuelve borrosa.
La conclusión provisional es que la herencia árabe en la onomástica española existe pero es modesta, y a menudo mal interpretada. El relato de «no tenemos apellidos árabes» choca con la evidencia de apellidos vivos en el padrón; el de «todos llevamos un segarro dentro» exagera una presencia genética pequeña y difusa. Mientras los estudios históricos y genéticos sigan afinando el mapa, lo prudente es dudar de las certezas absolutas sobre los apellidos.