La pobreza del divorcio en España: un drama silenciado que arruina a miles de hombres
Hace unos años, un juez de Gijón dejó a un hombre con 300 euros al mes para vivir después de pagar pensión de alimentos y compensatoria. No fue un caso aislado. En los tribunales de familia se repite un patrón: el varón que aportó el patrimonio durante el matrimonio sale del divorcio con lo puesto, mientras su nivel de vida se desploma. Y nadie habla de ello.
El divorcio solo es asequible para ricos… o para los que no tienen nada
Existe un consenso implícito: divorciarse es un lujo de ricos. Quien tiene patrimonio lo pierde; quien no tiene nada, nada pierde. Pero la clase media, la que ha trabajado y ahorrado durante años, se enfrenta a una expropiación disfrazada de fórmula legal. La pensión compensatoria, la atribución del uso de la vivienda y las cargas familiares convierten al progenitor custodio –generalmente la mujer– en la parte beneficiada, mientras el otro se ve obligado a compartir piso con extraños pasados los 40.
Un dato que circula desde hace tiempo señala que el aumento de personas mayores de 40 años que comparten vivienda tiene un componente invisible: buena parte son hombres divorciados que no pueden mantener un hogar en solitario. Es la estadística que nadie desglosa.
Un negocio alimentado por el conflicto: abogados, psicólogos y juzgados
El sistema judicial de familia no es precisamente un mecanismo de justicia rápida. Cada litigio genera honorarios para abogados, informes periciales e intervención de psicólogos. Reconocer que el matrimonio es un contrato ruinoso para quien aporta capital y trabajo desmontaría un negocio millonario. Por eso, el discurso oficial evita cualquier análisis que cuestione los fundamentos del derecho de familia actual.
La consecuencia es que el varón divorciado se convierte en el gran silenciado. No hay asociaciones que presionen, los medios no tratan el tema como problema social y los partidos políticos no lo incluyen en sus programas. ¿Por qué habrían de hacerlo? Las leyes que regulan el divorcio fueron aprobadas por una mayoría que sigue arrasando en las urnas.
¿Por qué los hombres no protestan?
La respuesta es compleja. Por un lado, la cultura masculina tradicional desincentiva mostrar vulnerabilidad. Por otro, los hombres no tienen conciencia de grupo: cada uno asume su drama como un fracaso personal y no como un problema sistémico. Y cuando algún valiente lo denuncia, se topa con la incomprensión social –«¿por qué se casó?»– o con la acusación de querer eludir sus responsabilidades.
La brecha de género en esperanza de vida, en condiciones laborales o en tasas de suicidio no provoca la misma indignación que las desigualdades que afectan a las mujeres. Y en el divorcio, esa asimetría se convierte en ruina económica.
Un callejón sin salida para la natalidad
El mensaje es claro: tener hijos y casarse es una trampa para el hombre. Cada vez menos hombres se atreven a formar una familia. La consecuencia es una caída de la natalidad que nadie parece querer vincular con este desincentivo. Pero la relación existe: si el coste de salir de la relación es la ruina, muchos optan por no entrar.
Mientras tanto, el silencio administrativo es absoluto. No hay ayudas específicas para el progenitor no custodio que cae en pobreza, ni campañas de concienciación, ni estudios oficiales que midan el fenómeno. Como si el problema no existiera.
La próxima vez que se publique un informe sobre la soledad no deseada o el aumento de los pisos compartidos, convendría preguntar cuántos de esos perfiles llevan el apellido ‘divorciado’.