Feijóo se aferra a 172 votos y el Congreso se ríe de su investidura
El candidato aseguró tener «los votos necesarios para ser presidente». El hemiciclo respondió con una carcajada. Ese contraste define la sesión de investidura: un discurso de aspirante a La Moncloa frente a una aritmética que no le da. El bloque del PP reunió
172 votos y la Presidencia quedó pendiente de una segunda votación, fijada para el viernes, en la que bastaría mayoría simple —en la práctica,
siete abstenciones—. No aparecieron.
El pleno arranca a las 12:00 con los auriculares a medias
El primer protagonista de la jornada no fue un diputado, sino el sistema de traducción. El
transmisor de infrarrojos de la interpretación simultánea iba a medio gas y la radiotelevisión pública echó mano de intérpretes en directo para tapar el hueco.
Bilingüismo de urgencia en una cámara donde se habla castellano, catalán y euskera, y donde, según se comenta en el propio hilo, la queja de que nadie se entiende suele venir de quienes menos entienden.
La anécdota tiene fondo. Un Parlamento que dedica su hora más solemne a comprobar si el auricular emite retrata bastante bien el estado del debate público. El auricular es la anécdota; la traducción simultánea, el síntoma de un hemiciclo plurilingüe que aún no ha resuelto cómo hacerse entender. El candidato popular escenificó su papel, recogió el aplauso de los suyos y poco más. A las 12:00 ya se sabía cómo acababa.
La aritmética manda: 172 votos y siete abstenciones que no aparecen
La investidura de Feijóo se decide con sumas, no con discursos. La primera votación exigía mayoría absoluta; la del viernes se conforma con mayoría simple, y ahí el cálculo es despiadado: bastarían
siete abstenciones. Junts y el PNV remarcaron su negativa a apoyar la candidatura popular. Sin ellos, la cuenta no cierra por ningún lado.
Hay quien sostiene que al PP le interesa menos gobernar que dejar constancia de que el otro bloque lo hace con socios que prometen rupturas. El escenario alternativo es más prosaico: el candidato no tiene los números y lo sabe desde antes de subir a la tribuna. Los más imaginativos ya especulan con abstenciones de última hora y hasta con una sucesión interna acelerada en el partido. Feijóo se queda, en el mejor de los casos, al frente de la oposición.
Junts, PNV y la geometría imposible del PP
Una de las lecturas que circulan apunta a un problema de fondo: la derecha española pactó durante décadas con nacionalistas vascos y catalanes, y ahora se encuentra atada por un socio que promete ilegalizarlos. No es una novedad histórica, pero sí un cambio de escenario. En paralelo, algunos de los interlocutores catalanes afrontan causas judiciales abiertas. Pedir esos votos y a la vez negar su legitimidad es una contradicción que ningún discurso tapa.
El PNV y Junts lo dejaron claro sin florituras: no hay apoyo. La pelota queda en el tejado de un candidato que necesita precisamente a quienes rechaza.
El precio de la amnistía: de línea roja a moneda de cambio
Fuera del hemiciclo se juega la partida de verdad. Mientras el PP recibe el «no» de los independentistas catalanes, se negocia una amnistía que en su día se prometió como línea roja y que ahora, según la crítica, se reparte como
caramelos. Entre los detractores del acuerdo circula una cifra:
450.000 millones de euros de coste, un importe que se compara con la recaudación anual conjunta de la Agencia Tributaria y la Seguridad Social. Es un cálculo difundido, no un dato oficial, y conviene tratarlo como lo que es.
Lo verificable es la mecánica: el presidente en funciones negocia con los grupos independentistas el respaldo a su investidura. El resultado de esa negociación no se vota el viernes.
Dos lecturas del mismo resultado
Para una parte, la sesión certifica que el
cordón sanitario funciona: la investidura del candidato popular se frena y la extrema derecha no entra en el Gobierno. La otra mitad ve exactamente lo contrario: un candidato con el mayor respaldo parlamentario bloqueado y un Ejecutivo que, sostiene, quedará en manos de los independentistas.
Las dos lecturas conviven y ninguna se molesta en matizar. Lo que sí comparten es la sensación de que todo se decidió antes de empezar.
¿Para qué sirve un debate con el resultado escrito?
La pregunta sobrevuela toda la jornada. El
vodevil de un candidato investido de líder de la oposición —según la lectura más ácida, para esquivar los equilibrios internos de su propio partido— tiene su gracia y su coste. La investidura funciona como escenografía: se representa para fijar posiciones de cara a la siguiente legislatura, no para decidir esta.
Y de fondo, un aviso institucional. Hay quien sitúa a finales de octubre el juramento de la Constitución por parte de la heredera y compara ese acto con una ceremonia cada vez más vacía de peso. Cuando el texto que se jura se discute como un trámite, la puesta en escena deja de ser un detalle.
Con estos números, el viernes parece resuelto de antemano. La pregunta que sigue sin respuesta es otra: si el bloqueo se certifica, ¿quién paga la próxima ronda?