38 grados en Sevilla julio: ¿ola de calor o titular de relleno?
Un titular del Diario de Sevilla anuncia que la AEMET adelanta un calor superior a lo normal para finales de julio. La previsión para los días siguientes marca máximas de 38°C. La pregunta es incómoda para la agencia: en una ciudad donde el histórico de finales de julio ronda los 36-37°C de media, 38°C no es una anomalía, es un día normal de verano. La discrepancia entre el aviso y el dato ha abierto un frente de escepticismo que no cesa.
El verano que no fue apocalíptico
Mientras los titulares insistían en que julio traería temperaturas récord, los termómetros contaban otra historia. En la costa mediterránea, a las 10:30 de la mañana apenas se alcanzaban 26°C, con máximas previstas de 30°C para todo el mes, salvo la ola de calor de junio que llegó a 35°C. En Toledo, las mínimas nocturnas rondaron los 14°C, obligando a dormir tapado con colcha en pleno julio. “Un verano fresco”, resumía un análisis. Y lo que es más significativo: a 19 de julio no se había batido ni un solo récord de temperatura en ninguna ciudad española. Los récords que sí se batieron en junio fueron presentados como el preludio de un infierno estival que nunca llegó.
La estrategia comunicativa de la AEMET —y de los grandes medios que la amplifican— ha generado una fatiga de alarma que algunos denominan “calentologismo”. Cambiar la escala cromática para que los 28°C se pinten de rojo intenso y los 32°C de marrón oscuro no es meteorología: es narrativa. Cuando el relato choca con la experiencia cotidiana de millones de personas que ven un verano más bien templado, la credibilidad se resquebraja.
El lastre de la DANA de octubre
Si los avisos de calor fueron percibidos como exagerados, la gestión de la DANA del 29 de octubre dejó una huella más profunda. Aquel día, la AEMET activó una alerta roja que, según los testigos, se quedó corta frente a lo que se avecinaba. Peor aún: el radar de Murcia —el que mejor cubría la zona sur e interior de Valencia— estuvo fuera de servicio durante los tres días de la catástrofe. El radar de Valencia, a baja altura, produce interferencias y ecos falsos. En un país normal, esa negligencia habría costado cargos. En España, se saldó con un cambio de directora y un informe que no ha convencido a nadie.
La combinación de alarmismo sin datos sólidos y fallos operativos en el momento crítico ha convertido a la AEMET en un chivo expiatorio perfecto. Pero también ha revelado un problema estructural: una agencia pública mal financiada, con medios obsoletos, que en lugar de reconocer sus limitaciones se ha plegado a la lógica de la propaganda institucional y la agenda política.
El coste de la desconfianza
El fenómeno no es exclusivo de España. En Catalunya, el Meteocat ha sido denunciado por sindicatos agrarios por predicciones sistemáticamente erróneas. En otros países europeos, agencias similares enfrentan críticas parecidas. Pero en España, bajo el actual gobierno, la percepción de que ninguna institución escapa al relato oficial es más intensa. La AEMET, que debería ser un servicio técnico aséptico, se ha convertido en un actor más de la batalla cultural en torno al cambio climático.
El resultado: cada nuevo aviso amarillo o naranja es recibido con una mezcla de resignación e incredulidad. Gente que anula planes, que se medica para la ansiedad, que deja de creer en cualquier alerta. Cuando llegue una emergencia real, el grito de “el lobo” habrá sido tan repetido que nadie escuchará.
La pregunta sobrevuela el final del verano: ¿puede una agencia meteorológica recuperar la confianza cuando sus mapas de colores parecen diseñados por el departamento de propaganda en lugar de por los datos?
Debates relacionados en el foro