Repoblar la «Hezpancha»: cuando la polémica entierra el proyecto
Hay una paradoja difícil de explicar en el debate sobre la España vaciada: cuanto más urgente es el problema, menos se habla de las soluciones. La presentación de un plan para repoblar la denominada «Hezpancha» ha terminado convertida en un espectáculo de insultos, sospechas sobre subvenciones y comentarios sobre la apariencia de su promotora, Elmana. En ningún momento se ha discutido su contenido.
El proyecto, según el anuncio, busca asentar a los «elmanos» en zonas despobladas. Pero la reacción pública ha ido por otro camino. Los primeros mensajes se centraron en la viabilidad económica: ¿se financiará con «paguitas»? ¿Qué coste supondrá para el Estado? La pregunta es legítima, pero ha quedado sepultada bajo una catarata de descalificaciones. Hay quien ha empleado términos deshumanizadores para referirse a los posibles nuevos pobladores, y la mayor parte de la conversación ha dedicado más atención al físico de la presentadora que a su propuesta.
No es un fenómeno nuevo. Cuando un territorio lleva años perdiendo habitantes, cualquier iniciativa que prometa invertir la tendencia debería analizarse con lupa. En cambio, el relato se ha centrado en el morbo y en la caricatura. El proyecto, del que se desconocen detalles más allá del anuncio, se ha convertido en el último ejemplo de cómo la forma puede devorar al fondo. Que nadie sepa si los «elmanos» existen, de dónde vienen o cuánto costará su integración no parece importar.
Al final, la pregunta incómoda es otra: si un plan para salvar el medio rural se deglute en la trituradora del insulto y el prejuicio, ¿qué posibilidades tiene cualquier política real de despoblación? El problema no es solo la falta de habitantes; es la incapacidad de hablar de ellos sin excluir a nadie. Y ahí la «Hezpancha» sigue, vaciada de personas y de debate serio.